Aunque intentamos ir al restaurante donde quería invitarme Fleur, fuimos acorralados por una helada lluvia que la hizo tiritar hasta rechinarle los dientes, así que preferí ir a su casa al quedarnos más cerca. De ahí se suponía que partiría a mi dormitorio, pero ella me invitó a pasar la noche y obvio acepté encantado, así que nos pusimos en calor como la última vez: frente a la chimenea y con un chocolate caliente, pero esta vez hecho por mí con la receta de mi madre. Ahora solo bastaba escuchar su veredicto, pero sospecho que Fleur no quería admitir que el mío era mejor. —¿Y? ¿Qué opinas? —cuestioné arrogante. —Está bien… —murmuró, esquivándome la mirada. —¿Disculpa? —pregunté jactancioso, dándole una segunda estocada mientras buscaba su esquivo mirar—. ¿Podrías darme una respuesta