Había pasado un largo rato desde que Leo se había quedado rendido en mis brazos, en mi cama. Pensé que lo mejor era que durmiera para recuperar energías y olvidarse un poco de sus preocupaciones. No me gustaba verlo así, me destrozaba y mi corazón se volvía pequeño. Sabía que estaba sufriendo y también sabía que no tenía cómo ayudarlo. Le acaricié suavemente su mejilla y él sólo movió un poco su cabeza, como acto reflejo al contacto con mi piel. Su semblante se veía más tranquilo y eso apaciguaba mi dolor interno. Me levanté y fui hasta la terraza de mi casa. Necesitaba despejarme un poco, respirar algo de aire fresco. Mi padre me había dicho que quería que cenáramos el día de hoy, ¿para qué sería? Sólo cenábamos juntos en restaurantes cuando iba a darme alguna noticia. Me moría de