EL ERROR DE TOCARLA

684 Palabras
[JULIAN] —Tienes un trato. Su voz no tiembla. No duda. Pero tampoco suena igual. Hay algo en la forma en que lo dice, en cómo sostiene la mirada mientras lo hace, que deja claro que esa decisión no es tan simple como debería ser. —Entraré a tu empresa —continúa—. Tendrás lo que pediste. Da un pequeño paso más cerca. No retrocede. No se protege. —Solo espero que sepas lo que estás haciendo. La frase no es una advertencia vacía. Es casi una sentencia. La observo un segundo más, recorriendo su rostro con una atención que ya no intento disimular, bajando apenas hacia su boca antes de volver a sus ojos. Hay algo en la forma en que se mantiene ahora, en cómo ha decidido cruzar esa línea sin romperse, que hace imposible tomar esto como una simple negociación. —Sabía lo que hacía —respondo, bajando la voz lo suficiente para que se sienta más cerca que el espacio que nos separa—. Hasta que te vi a los ojos. No es una frase calculada. No la pienso. Sale porque ya no hay forma de sostener lo contrario. —Pero sí —añado, sin apartarme—. Tenemos un trato. El silencio que sigue no es vacío. Es denso. Cargado. Y no lo rompo con palabras. Lo hago moviéndome. La distancia entre nosotros ya era mínima, pero ahora deja de existir por completo cuando mi mano sube sin prisa, deteniéndose apenas un segundo antes de tocar su rostro, dándole la oportunidad de apartarse. No lo hace. Eso es suficiente. Mis dedos se deslizan con firmeza contenida a lo largo de su mandíbula, sosteniéndola lo justo para que no haya duda de la intención, mientras acorto el último espacio que queda entre nosotros. El primer contacto no es suave. Tampoco brusco. Es directo. Su boca responde sin sorpresa, sin resistencia, como si ya hubiera decidido esto antes de que ocurriera, como si el momento no fuera un error… sino una consecuencia. Y eso— eso lo hace peor. El beso no se queda en la superficie. No tiene sentido hacerlo. Hay demasiada tensión acumulada, demasiado peso detrás de lo que acaba de pasar como para fingir que esto puede ser algo contenido. Su cuerpo no retrocede, no busca distancia, y el mío tampoco lo permite, cerrando el espacio con una firmeza que ya no tiene nada de estratégica. Mi otra mano encuentra su cintura, ajustándose con más fuerza de la que debería, sintiendo la forma en que el vestido se adapta a su cuerpo, la curva exacta bajo mis dedos, el calor que ya no es solo del ambiente. Su respiración cambia. La mía también. Y el sonido detrás de las paredes— sigue. Más presente. Más inevitable. Como si el lugar mismo empujara esto a continuar. Elara no pierde el control. Eso es lo primero que noto. No se deshace. No se entrega. Responde. Con la misma intensidad. Con la misma decisión. Y eso es exactamente lo que hace que no quiera detenerme. El beso se rompe apenas lo suficiente como para respirar, pero no me alejo. Mi frente queda cerca de la suya, lo suficiente para sentir su aliento, para notar el ritmo que intenta mantener bajo control. —Esto no es parte del trato —dice, en voz baja. No suena convencida. No del todo. La observo. De cerca. Demasiado cerca. —No —respondo—. Esto es lo que pasa cuando deja de ser solo un trato. No me aparto. No bajo la mano. Y tampoco lo hace ella. Ese es el problema. Que ninguno de los dos está retrocediendo. Que ninguno de los dos está fingiendo que esto no está pasando. Que en este punto— ya no importa si debería. Mi mirada vuelve a su boca un segundo. Luego a sus ojos. Y en ese momento entiendo algo que no debería estar considerando. Esto no es solo peligroso por lo que implica para mi empresa. Es peligroso porque— ella no es alguien que pueda separar las cosas. Y yo tampoco.
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