León Los dedos de Isabella temblaban. Aunque apretaba el tenedor con fuerza, pude ver el leve temblor que los recorría, y solo entonces lo comprendí: era consciente de todo. De cada comentario hiriente entre Cane y yo. De cada mirada desafiante. De cada corriente de hostilidad que fluía bajo aquella mesa reluciente. Y le había prometido en el coche que no la avergonzaría así de nuevo. No lo haría. Pero también me negaba a darle a Cane la satisfacción de creer que tenía algún derecho sobre ella. Si le preocupaba tanto mi matrimonio, quizás debería fijarse en la mujer sentada a su lado. Me incliné y con delicadeza cubrí la mano temblorosa de Isabella con la mía. Se sobresaltó y me miró. Sonreí, aunque tenía un nudo en el estómago. Mi cena seguía intacta delante de mí, pero no tenía a

