Leon Ella no se apartó. Eso fue lo primero que se quedó conmigo mucho después de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de mí. No la forma en que sus labios se entreabrieron contra los míos. No la manera en que sus dedos se aferraron a mi cabello, como si se hubiera olvidado de sí misma por un instante. No. Fue el hecho de que no se apartó. Me quedé allí, en el pasillo tenuemente iluminado, mirando la puerta cerrada como si aún pudiera ver a través de ella, como si todavía pudiera sentir el calor de su cuerpo presionado contra el mío, la suave flexibilidad de sus labios, la forma en que ella se había derretido —lentamente, con vacilación—, pero lo había hecho. Ella no se resistió. Una exhalación lenta escapó de mis pulmones, controlada, medida, pero no sirvió para calmar l

