Isabella Abrí los ojos lentamente, pero la intensa luz de la habitación los obligó a cerrarse de nuevo casi de inmediato. Por un instante, todo se veía blanco y borroso, como si estuviera mirando directamente al sol. Sentía la memoria confusa, igual que la vista, como si mi mente aún estuviera decidiendo si despertar o volver a la inconsciencia. Tras unos segundos, mis ojos finalmente se acostumbraron a la luz. El techo era blanco. Las paredes eran blancas. Las cortinas eran blancas, bien cerradas. Todo parecía limpio, impecable, casi estéril, hasta un punto inquietante. El aire estaba frío contra mi piel, y tardé un segundo en reconocer el zumbido constante del aire acondicionado en algún lugar encima de mí. Entonces noté el leve pitido de algún aparato médico. Una habitación de hospi

