Miro a Elizabeth, luego a Victoria, quien mantiene los labios apretados en una línea fina y dura, con la mirada clavada en el suelo, y finalmente a Robert, cuyo rostro refleja una vergüenza dolorosa. El rompecabezas empieza a ensamblarse en mi mente con una claridad espantosa. Todas aquellas miradas enigmáticas, las advertencias veladas de Victoria sobre «las distracciones» y las «decisiones pasadas», la insistencia casi mística de Elizabeth diciéndome que yo era la única capaz de salvar a William y que «no tenía ni idea» de nada... No era fe en mi trabajo… La imagen de nosotros dos hace apenas unas horas, desnudos sobre las sábanas de su suite, confundiéndome entre sus caricias y entregándome a sus palabras de posesión, me resulta ahora estrujante y humillante. «Soy tu insoportable y tra

