La luz dorada de la mañana se cuela en franjas tibias a través de los ventanales de suelo a techo, dibujando líneas de sol sobre el edredón y la piel tibia que me envuelve. Abro los ojos despacio, sintiendo una pesadez deliciosa en los párpados. Durante meses, despertar significaba el regreso automático de un nudo en el estómago, una alerta constante ante la soledad. Hoy, sin embargo, el primer sentido que se despierta es el olfato. El aroma a madera de cedro, a sábana limpia y al perfume característico de William impregnando mi piel. Me giro sobre el costado con lentitud. William está a mi lado, profundamente dormido. Sin la rigidez de sus trajes de sastre ni la armadura de sus trajes oscuros, su rostro se ve sereno. Las líneas de tensión alrededor de sus ojos se han suavizado por comp

