Londres ha cambiado de piel. El invierno helado y gris que acompañó nuestras tormentas ha quedado definitivamente atrás, cediendo su lugar a la primavera. A través de las ventanas de nuestra habitación en el penthouse, la luz de la mañana entra suave, teñida de una claridad dorada que ilumina cada rincón de nuestro hogar. Me muevo despacio entre las sábanas, buscando por instinto el calor de William a mi lado. Mi mano encuentra su pecho descubierto, sintiendo el latido constante, firme y pausado de su corazón. Han pasado un par de meses desde aquella tarde en que crucé definitivamente el umbral de su vida con mis cajas. Dos meses en los que el pasado se disolvió por completo, reemplazado por una rutina dulce, cotidiana y sólida. Giro el rostro sobre la almohada. William está despierto, o
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