LXXIX John Willet no fue a dar su paseo cerca de la Llave de Oro, porque entre este establecimiento y el Black Lion media un laberinto de calles —como muy bien saben los que conocen las inmediaciones de Clerkenwell y Whitechapel— y John no era famoso por sus ejercicios pedestres. Pero como la Llave de Oro se halla en nuestro camino, aunque no en el suyo, este capítulo se traslada a la casa del cerrajero. La Llave de Oro en persona, este emblema natural de la profesión del cerrajero, había sido arrancada y pisoteada injuriosamente por los rebeldes, pero en aquel momento había vuelto a ocupar su puesto con toda la gloria de una nueva capa de pintura, y nunca había presentado tan brillante aspecto. No era ella la única que ostentaba el esplendor del renacimiento, pues toda la fachada de la