LXXXI Un mes después, en uno de los últimos días de agosto, el señor Haredale se hallaba solo en la administración de la diligencia-correo de Bristol. Aunque apenas habían transcurrido algunas semanas desde su conversación con Edward Chester y su sobrina en casa del cerrajero, se advertía en su exterior un cambio muy notable; parecía más viejo y abatido. La agitación y la inquietud traen al hombre las arrugas y las canas, pero el desprendimiento secreto de nuestros antiguos hábitos y el rompimiento de los lazos que nos son caros y familiares, dejan huellas mucho más profundas. Nuestros afectos no son tan fáciles de herir como nuestras pasiones, pero el golpe profundiza más y la herida requiere más tiempo para cicatrizarse. El señor Haredale era un hombre solitario, y el corazón que latía