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1576 Palabras

—Compórtate —me susurra, inclinado sobre mí, con sus labios a milímetros de mi oreja. —Sé hacer mi trabajo. —Esto no es trabajo, preciosa. Frunzo el ceño y sólo lo entiendo cuando abre la puerta. La sala no es tan grande. Dos hombres están sentados alrededor de la mesa redonda, y mis ojos se fijan de inmediato en uno de ellos. Es el tipo del piercing en la ceja, el mismo que me arrinconó en la empresa hace semanas, al que Dominic apuntó con una pistola. El otro, sentado en el centro, es un hombre mayor, de unos cincuenta, con el pelo corto y canoso, y tatuajes asomándose por el cuello de su camisa. Lo reconozco de otras reuniones, se llama Jairo, y por conocer, conozco también sus trapicheos. Se me retuerce el estómago cuando la mirada del tipo del piercing se clava en mí. Doy un paso

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