Estoy segura de que soy la comidilla de la empresa. Lo noto en las miraditas, y en las sonrisas cómplices, como si todos supieran que estoy con el jefe. Y no estar de “estar” de que follamos a lo bestia por toda la última planta del edificio; sino estar de que llevamos dos semanas viviendo juntos, que vamos y venimos en su coche juntos, que me he puesto morena de tomar el sol en la piscina y que después de eso volvemos a follar como locos hasta encima de la lavadora. Noto que lo saben. —Cuéntame por qué estáis tan raras —le exijo a Clara cuando llego esa mañana. Evidentemente no voy a pasearme por la tercera planta a exigirle a uno de contabilidad que me cuente si lo sabe, pero a Clara sí. Ella se ríe. —Nada… —dice, pero se mordisquea el labio, y al final el cotilleo la puede—. Vale

