La admiré en silencio mientras ella se dedicaba a revisar unos papeles y murmurar sobre el examen que tendría. De pronto, su mano izquierda apartó un mechón de cabello que le caía sobre los ojos con un gesto distraído. Me reí para mis adentros; hace apenas diez minutos, ese cabello era un nido de pájaros que ella había intentado domar en vano. —Vaya, al fin le das algo de luz a ese lindo rostro —dijo ella, rompiendo el silencio. Su halago me descolocó por completo. Nunca me había hablado de esa forma. —¿Eso crees? —cuestioné, permitiéndome esbozar una sonrisa ladeada, esa que sabía que solía confundirla. —Es lo que todos piensan y dicen en la universidad —respondió ella, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me sorprendió. Desde las sombras, durante meses, la había observado

