En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió con suavidad. Al ver entrar a Cassian, una sonrisa genuina iluminó mi rostro; había cumplido su promesa de protegerme a toda costa. Él me devolvió la sonrisa al notar que finalmente había despertado. Se acercó a zancadas tranquilas, se sentó con cuidado en la orilla de la camilla y, con infinita ternura, observó mi brazo izquierdo, que nuevamente lucía un aparatoso yeso blanco, tal como yo misma lo hice un segundo después. —El médico traumatólogo vino hace un rato y dijo que, debido a la fractura limpia y a cómo se complicó con el golpe, deberás llevar este yeso puesto por lo menos durante dos meses completos—me informó él con un tono de voz lleno de preocupación genuina. —Lamento desde el fondo de mi alma no haber llegado un pa

