CAPÍTULO 64

1401 Palabras

El frío del pasillo se me clava en los huesos, pero no me muevo. Estoy sentada en el suelo, pequeña, encogida, con las rodillas pegadas al pecho. La luz de la luna se filtra por la ventana alta de la casa de mi nonna, dibujando rectángulos pálidos y distorsionados sobre la madera vieja. El silencio de la noche es una mentira, porque al otro lado de la puerta entreabierta de la cocina, las voces cortan el aire como truenos. —¡No voy a quedarme en esta maldita casa criando a esa mocosa que solo está siendo un estorbo en mi vida! —la voz de mi mamma vibra con un desprecio que me hace vibrar los dientes. No hay rastro de amor, solo una urgencia por escapar—. Debió irse con su maldito padre. —¡Dio mio, taci! (Dios mío, ¡calla!) —el siseo de mi nonna es una súplica cargada de autoridad y dolor

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