El sonido del cristal chocando suavemente entre sí rige el ritmo de mi mañana. Es un tintineo constante, casi musical, que compite con el bullicio de la cocina. Me muevo por el espacio de la gran mesa de la cocina con una precisión que roza lo obsesivo, haciendo el conteo de las copas de cristal estriado que vamos a usar para la panna cotta de frutos rojos y mermelada. Uno, dos, diez, cincuenta... Mis dedos rozan el borde frío de cada recipiente, verificando que no haya ni una mota de polvo, ni una imperfección. Luego paso a los pequeños moldes de tartaleta para las minicrostatas caramelizadas de durazno. Son delicados, plateados, esperando ser llenados con esa masa quebrada que Ivy y sus amigas ya están batiendo con energía. Y finalmente, los vasos cilíndricos para las tortas caprese des

