El vestido rojo de seda se desliza por mi cuerpo como un susurro de advertencia. Es de un color carmín profundo, casi del tono de las cerezas maduras, con una espalda descubierta que me hace sentir peligrosamente expuesta y, al mismo tiempo, invencible. Mientras me abrocho las sandalias de tacón fino, me miro al espejo y trato de borrar el rastro del correo de Caterina de mis ojos. Ella es el pasado, un fantasma que intenta cruzar el océano con palabras frías; Alistair es el presente, un hombre que me espera abajo con un plan que no puedo predecir. Cuando bajo las escaleras, lo veo de pie en el vestíbulo. No lleva traje, sino un pantalón oscuro de corte impecable y una camisa de lino n***o con los primeros botones desabrochados. Se ve relajado, pero hay una chispa de anticipación en su mi

