El vapor de la máquina de espresso sube en espiral caliente, envolviéndome en el aroma familiar del grano tostado y la leche vaporizada. Estoy detrás de la barra de mi café/bar, mi territorio. El único lugar del mundo donde siento que las riendas de mi vida están firmemente en mis manos. Pero hoy, esa sensación de seguridad es un simple espejismo. Mientras mis manos se mueven mecánicamente, sirviendo tazas y organizando pedidos, mis ojos traicioneros e inquietos no pueden dejar de desviarse hacia el fondo del local. Allí, sentada en una mesa pequeña, la Inspectora Donovan parece una mancha gris y gélida en medio de la calidez de mi negocio. Es pasado el mediodía. El brunch dominical está en su apogeo. El lugar se encuentra lleno de ese murmullo reconfortante de la gente disfrutando de su

