Esta enorme casa se ha convertido en un maldito iglú. No es solo el aire acondicionado central que Alistair parece haber programado a temperaturas árticas para que coincidan con su temperamento, sino el vacío, el silencio sepulcral que se ha instalado en cada rincón de esta estructura de cristal y mármol. Es una frialdad que se te mete en los huesos, que te entumece el alma. Alistair y yo apenas nos vemos. Somos dos barcos que se cruzan en la noche, evitando el impacto por puro instinto de supervivencia. Cuando coincidimos en la cocina o en el pasillo, el aire se vuelve tan denso que cuesta respirar, pero no nos dirigimos la palabra. Él se ha hundido por completo en su trabajo con sus reuniones interminables, llamadas con productores a altas horas de la madrugada, o eso me ha contado Lyne

