Es tarde cuando entro al departamento de Massimo. Lo encuentro sentado frente a su computador mientras toma un trago. —¡Vaya! Al fin te dignas en aparecer. ¿De verdad? —No sabía que era una prisionera —espeto, mirándolo con una expresión irónica. Entrecierra los ojos. —No me digas que Caruso te lavo el cerebro. —No me lo lavo. Hablamos. Tuerce el gesto con diversión. —Puedo imaginarlo, con lo elocuente que es el hombre. Avanzo hasta él. —No seas un llorón tú también —lo fulminó con la mirada. —Bastante tengo con que, Alessandro no quiera que seas mi acompañante esta noche. Arquea la ceja. —No me digas que, el cavernícola ese, te ha dejado asistir conmigo a la gala de beneficencia. —En realidad, él está invitado y me estará esperando. —Ya —se ríe entre dientes. —Voy a alista

