El sonido de los pasos al otro lado de la puerta era seco, deliberado. Luego se escuchó un clic y la rendija se abrió apenas unos centímetros. Un rostro se asomó. Serio, inexpresivo. Ojos como cuchillas. —Nombre —dijo. —Renn —respondí con voz firme, sintiendo cómo se tensaban los músculos de mi espalda. Me echo un vistazo rápido. No de desconfianza, sino de catalogación, como si me estuviera midiendo por el tiempo que tardé en responder, pero al final la puerta se abrió del todo. Era un pasillo oscuro, corto, con olor a metal y humedad. Seguí al hombre en silencio y cada paso resonaba sordo entre las paredes estrechas. No hablamos, no hacía falta. Él sabía por qué estaba ahí y yo sabía que el margen de error era mínimo. Al fondo había una puerta sin identificación. El tipo la empujó si

