Punto de vista de Cecilia
La lluvia ya había parado cuando me alejé manejando de la propiedad. En el espejo retrovisor, los portones del Blood Moon Manada iban desapareciendo, hasta quedar completamente fuera de vista. Por primera vez en ocho años, sentí una verdadera sensación de libertad.
Saqué mi celular y le escribí a Dora: "Querida Dora, supongo que ya viste tu pequeña sorpresita. No se te olvide nuestro trato: mañana al mediodía esos cinco millones deben estar en mi cuenta. Si no, te juro que no me tiembla la mano para contarle a todos cómo la Luna del Blood Moon Manada le hizo la vida imposible a su nuera humana."
El teléfono vibró enseguida. Dora respondió más rápido de lo que imaginé: "¡Maldita perra!"
Solté una risa baja y volví a escribir: "¿Qué tal el té? ¿Le falta fuego? Si quieres, feliz regreso a echarle más leña."
Apagué el celular y solté un suspiro hondo. Tal vez los lobos me veían como la perdedora de esta historia... pero yo no se las iba a dejar fácil. Xavier me traicionó, Dora me humilló. Pues entonces a ambos les tocaba pagar.
¿Dinero? Para ellos era calderilla. Pero valía la pena con tal de bajarle ese ego a la señora Luna y, de paso, dejarle claro al hombre que me traicionó quién era realmente su mamá.
"Adiós, Blood Moon Manada," murmuré, pisando el acelerador.
...
El camino se extendía frente a mí mientras cruzaba esa lluvia cada vez más intensa. Los pensamientos se me dispersaban como las gotas azotando el parabrisas. En mi mente se mezclaban recuerdos de ocho años: ocho años aguantando desprecios, ocho años esperando una ceremonia de apareamiento que nunca llegó.
De repente, algo brilló en el rabillo del ojo: una moto amarilla pasó volando frente a mi coche, rozando peligrosamente. Se me subió el corazón a la garganta mientras frenaba de golpe.
¡BANG!
El golpe vino de atrás, haciéndome estrellar contra el volante. Sentí un latigazo de dolor que subía desde la sien. Todo se pintó de rojo frente a mis ojos.
Me llevé un pañuelo al rostro y empecé a limpiarme la sangre como podía. La moto ya ni se veía, tragada por la lluvia como si se la hubiera llevado un fantasma.
"Tap, tap—"
Alguien tocó la ventanilla. La bajé, y el agua entró sin pedir permiso.
Afuera estaba un tipo elegante, de unos cincuenta y tantos, lentes en la cara y un paraguas n***o perfecto. Su expresión era la del arrepentimiento genuino... algo que no veía venir de ningún lobo desde hacía tiempo.
"Señorita, mil disculpas. La culpa fue toda nuestra al chocarla por detrás," dijo con una amabilidad que me descolocó. "Mi jefe tiene prisa. ¿Le parece si intercambiamos datos? Usted nos pasa los daños, y le juro que lo cubrimos todo."
"Prefiero llamar a la policía," contesté, con la voz tensa.
Después del día que había tenido—la escena con Xavier, enterarme de su traición, ahora este accidente—ya no tenía ni paciencia ni ganas para hacerme la amable.
Salí del coche a pesar de la lluvia, sintiendo la herida arder con cada gota. El choque había dejado un hueco enorme en la parte trasera de mi auto, justo donde se había metido el Bentley.
Molesta, tomé varias fotos y llamé al 911.
El señor mayor no puso objeción y regresó al Bentley, seguramente para informarle a quien estuviera dentro.
La lluvia se soltó con más rabia, golpeando el asfalto sin piedad. Mi blusa blanca se me pegaba por completo al cuerpo mientras trataba de cubrir la herida, hablando con emergencia al teléfono, empapada de pies a cabeza.
Me metí al carro a resguardarme, aunque ya estaba hecha un desastre. No pasó mucho hasta que llegaron los policías, y al mismo tiempo se detuvo un Maybach plateado.
Al bajarme otra vez, vi que del Bentley salía también otra persona además del hombre mayor—una figura alta, delgada, con una presencia imponente. Su silueta pareciera sacada de una estatua griega. Tenía una mirada fría pero penetrante, y debajo de esa calma había algo... salvaje.
Cuando notó que lo observaba, clavó sus ojos en mí. Y la intensidad fue tal que me hizo estremecer, despertando un instinto viejo, casi animal, dentro de mí.
Una sensación rarísima de ya haber vivido eso me invadió...
"Dáselo," ordenó él con voz profunda, sacándose la chaqueta del brazo y tendiéndosela al mayor. Sin mirarme una vez más, se fue directo al Maybach y desapareció adentro.
El señor se acercó rápidamente y me ofreció la chaqueta. "Señorita, está completamente empapada. Por favor, acepte esto."
Miré hacia abajo y casi me da un infarto de la vergüenza—mi blusa se había vuelto transparente. Con las mejillas ardiendo, le di las gracias y me la puse sin pensarlo dos veces. "Gracias."
El hombre mayor habló en voz baja con el oficial mientras el Maybach se marchaba entre la lluvia. Solo alcancé a ver el perfil elegante del tipo por una fracción de segundo, pero me quedó grabado.
La chaqueta todavía tenía su calor corporal y un aroma particular—sándalo mezclado con algo salvaje, indomable—que, sin saber por qué, me calmó los nervios rotos.
Cuando la policía terminó de redactar el reporte e intercambiamos la info, el señor mayor se ofreció a llevarme al hospital por la herida.
Le agradecí pero rechacé. Ya se me había pasado la rabia. "Perdón por haber sido tan odiosa antes. Tuve un día horrible y la pagué contigo. Y ni siquiera fue tu culpa." Toqué la chaqueta. "La mandaré a limpiar y se la devuelvo, lo prometo."
Él asintió amablemente.
...
Manejando hacia el hospital, me empezó a vibrar el celular. Xavier me estaba llamando como loco.
Solté una risita sarcástica. Este hombre era tan predecible: nunca estaba cuando lo necesitaba, y justo aparecía cuando menos ganas tenía de verlo. Como ahora, jugando al héroe cuando ya sabía cuánto detestaba ese papel suyo.
Después de ocho años, ni siquiera intentó entenderme. O más bien, nunca le importaron los sentimientos de una simple humana. Cuando debía estar a mi lado, eligió a otra. Y ahora, que yo ya decidí soltar todo, él aparece como si nada.
Qué tipo tan ridículo.