Después de la emboscada y de que mi beta se esforzara bastante para arreglar las llantas delanteras, lancé una mirada de reojo a Scarlett. Luchaba contra el sueño, las cejas fruncidas, sus ojos despiertos y alerta—miraba la carretera como si pudiera lanzarse en cualquier momento si aparecía otro rebelde. Era... una escena digna de ver. Pero al final, el cansancio ganó. Su cabeza se inclinó, los ojos se le cerraron y se apoyó contra la ventanilla. Y cada vez que el auto pasaba por un bache, por más leve que fuera, su cabeza golpeaba la puerta y mi mandíbula se tensaba. “Maneja más lento,” solté, con la voz helada, echando una mirada a mi beta. Me incliné y, con cuidado, estabilicé su cabeza, guiándola hasta mi hombro para que descansara ahí—dejándola usarme como almohada. C

