Ni siquiera había amanecido del todo cuando el teléfono vibró en la mesita de noche. Solté un gemido, entreabrí un ojo y tanteé a ciegas para agarrarlo. La pantalla brillaba como si supiera algo que yo no. Faye. Otra vez ella. Abrí el mensaje con la misma desconfianza que tendría al meter la mano en una jaula de serpientes. Como era de esperarse, veneno servido—una foto. En la imagen, estaba acostada completamente desnuda sobre el pecho de Alexander, su brazo rodeándola como si fuera una joya. Tenía el pelo todo revuelto, los labios hinchados y esa sonrisita de “me salí con la mía”, con marcas rojas y mordidas decorando su cuello. Orgullosa, obvio. El mensaje decía: “Conmigo duerme como un bebé. Eso debe de ser amor.” Me quedé mirando la foto unos buenos cuatro segun

