Me quedé quieta mientras Lucien se colocaba frente a mí, cubriéndome con su cuerpo, su lobo apareciendo sobre su hombro como una sombra viva. Sus ojos plateados y brillantes se clavaban en Kade, como si fueran cuchillas directas al alma. El ambiente se volvió denso, como si el aire mismo supiera que algo peligroso pasaba. Los murmullos lejanos del salón de banquetes se esfumaron en mi mente, reemplazados por el sonido firme y pausado de la respiración de Lucien. Me apoyó una mano en la espalda, luego me miró fijamente. —¿Estás bien? —preguntó. Asentí y le toqué la mano. —Sí. Aquel Kade que antes se las daba de sobrado, ahora cayó de rodillas sin pensarlo. Con la cabeza baja, evitando mirar a los ojos del Alfa al que antes había menospreciado. Su voz salió atropellada

