No esperé más explicación. Mi rabia y mi miedo se mezclaron en una fuerza que me empujó a levantarme de la silla con tanta violencia que la taza tembló. Salimos en tropel de la casa. En el auto, cada semáforo era una sentencia; los minutos se alargaban como si se burlaran de mi impaciencia. El tráfico me pareció un puñado de obstáculos puestos a propósito. Le apreté la mano a Hillary hasta sentir los nudillos blancos, pero ella no se quejó en lo absoluto. —No me sueltes —le dije sin mirarla—. Tengo miedo de lo que puedo hacer, Hill. Ella apretó mi mano y, con calma que me enrojecía de vergüenza, me respondió: —Te necesito. No la pierdas por una locura, Marcus. Al llegar a Saint John 's, todo fue movimiento, voces, el olor característico a desinfectante. Corrimos por el pasillo hasta
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