Iván Tenía la boca y la garganta resecas, como si hubiera comido varias cucharadas de sal. Traté de abrir los ojos, solo para volver a cerrarlos y repetir la acción varias veces, hasta que por fin pude adaptarme a la claridad que entraba por la ventana. No tenía ni una maldita idea del lugar en el que me encontraba. No era un hospital, a pesar de las paredes pintadas de blanco y el olor a alcohol que se sentía por doquier. Lo único que reconocía era el olor de mi compañera, el cual se encontraba por toda la habitación. Pasee mi mirada por cada rincón, hasta que di con ella. Estaba sentada frente a un escritorio, con ambos brazos frente a ella, utilizándolos como almohada. —Ni se te ocurra levantarte o se te puede abrir la herida. —Miré a la mujer rubia, quien estaba parada ju

