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1546 Palabras
Por la noche es cuando tengo más tiempo de pensar. Su casa tiene dos habitaciones pero estamos en la suya y cuando se tumba a mi lado y el colchón se hunde, me deslizo hasta quedar pegada a él. Siento como sus dedos me acarician el costado y doy media vuelta para mirarlo. En la noche, tumbados en su cama, Killian es oscuro, misterioso, y muy guapo. —No quiero volver a la mansión. —No vas a volver allí. —Pero dijiste... —No importa. No vas a volver. —¿Y si no te dan el dinero? —Lo harán —asegura. Me aparta el pelo de la cara y me empuja sobre él. Usarlo como almohada es mejor de lo creía que era dormir con un chico—. No tienes que preocuparte de estas cosas, yo lo resuelvo. ¿Y cuando lo resuelva qué va a pasar? Suspiro y me intento relajar. Estoy tan cansada que no tardo en quedarme dormida y será por eso que me levanto la primera. Se le ve tan relajado que parece que no tiene problemas. Me siento en el colchón junto a él frotándome los ojos. Llevo una de sus camisetas, solo eso y mi ropa interior desde que ayer la mía se quedó por ahí tirada. No noto nada raro en mi salvo un ligero malestar en la entrepierna al que ya me acostumbraré. —¿En qué piensas? Su voz es más ronca que de costumbre y me pone la piel de gallina, sobre todo cuando se gira y su mano se desliza por mis piernas desnudas. —En nada, sigo medio dormida —admito. Mis dedos se hunden en su mata de pelo revuelto y Killian cierra los ojos echándose boca abajo contra mis piernas. Lo escucho quejarse. —Nos vamos en un rato —dice. —Deberíamos pasar por una farmacia, o deberías llamar al médico y que te revise. —Estoy bien. —No lo parece. Hace una flexión sobre la cama y se estira hasta besarme. Oh. Hoy también hay de esto... Apartando un poco las mariposas de mi estómago salgo de la cama y lo sigo hasta la cocina. Casi no me deja cocinar, parece que le quedan los resquicios de cuando Andrea y yo cocinamos y casi intoxicamos el club entero. —¿Puedo echar el azúcar o ni eso? —bromeo. Killian se me pone detrás, su pecho caliente se pega en mi espalda y me coge las manos ayudándome a volcar el azúcar. A mi casi se me cae el sobre entero. Hace mucho que no recuerdo disfrutar tanto un día, cuando nos montamos en su deportivo para volver a irnos, yo ya quiero volver. —¿Vamos a volver? —le pregunto a medio camino. Me mira unos segundos antes de volver a la carretera. —Seguramente —dice y yo sonrío. Él levanta la mano y me acaricia la mejilla—. Cuando lleguemos voy a llamar al doctor para que te mire unas gafas. Y quiero que te quites el tinte. —Con el tiempo se irá cuando me crezca el pelo. —Quiero que te lo quites —sentencia—. Tengo una reunión el viernes y vas a acompañarme. ¿Yo? ¿En una reunión de bandas? Cuando llegamos al club está lloviendo un poco y no veo a nadie de camino a mi habitación. Lo entiendo mejor cuando en la planta de arriba se escuchan gemidos por casi todas las habitaciones. Killian me acompaña hasta mi cuarto asignado y descubro un montón de bolsas sobre la cama. Las revisa y saca un tanga de lencería rojo de una de ellas. Me sonrojo. Yo nunca he tenido de estas cosas y que Killian las esté toqueteando... ¿Cómo se le ocurre a Andrea? Prácticamente corro a quitárselo de las manos. —Suelta eso —le digo. La bolsa está llena de ropa interior. Ay Dios. Ni siquiera sé si lo de ayer se volverá a repetir. —No sé si voy a esperar al viernes para que me lo enseñes. —Sus dedos me acunan las mejillas y me planta un beso que me sofoca—. Tengo cosas que hacer pero si quieres algo estoy en mi despacho. —Vale —susurro—. Y, umm... ¿Qué hay de Roy? —¿De tu padre? —No sé si nunca voy a ser capaz de llamarlo así—. ¿Quieres que venga? No lo sé. Cada hora que pasa tengo pensamientos contradictorios al respecto. Supongo que como no pensaba que mi padre fuera tan... él, tan de este mundo, aún no me lo creo. —Sí. Me promete que lo llamará y se queda unos segundos mirándome desde el marco de la puerta. Killian me mira con tanta intensidad que me deja petrificada. Quiero volverlo a besar pero no soy tan atrevida. Sé que él lleva las riendas de todo esto que me pasa. Al final se va y Andrea aparece al poco rato queriendo cotillear mientras me arregla el pelo. Encerradas en el baño yo se lo cuento todo, hasta como me siento y grita tan fuerte que Ben golpea la puerta. —¿Qué coño pasa ahí dentro? —¡Nada, cariño! —le grita ella—. Cosas de chicas. A mi me gustaría tener algo como lo que tienen ellos. —Le gustas —asume—. Killian nunca ha llevado mujeres a su casa. Está claro que quiere que seas suya si es que no lo eres ya. Casi la mitad del día la pasamos encerradas en el baño haciendo un estropicio de mezclas para quitarme el color oscuro del pelo. He pasado tantos años de castaña que no me reconozco cuando mi color rubio sale a la luz y me miro al espejo. Me hace las facciones más brillantes, más bonitas, menos depresivas. He tenido que confiar en Andrea y sus tijeras para dejar que me lo corte un poco y sanearlo porque estaba echo un asco y la verdad es que me encanta mi nuevo pelo a ras de hombros y de mi color. Color como el de Roy. Me parezco a él un poco. A mi padre. Comemos y cenamos encerradas en mi habitación hasta que Andrea se va a trabajar al bar y yo me hundo a dormir. Necesito descansar y pensar yo sola. --- Por la mañana me despierto un poco más decidida. Me siento mucho mejor y al mirarme al espejo saco una sonrisa. Necesito encontrarme, hacer lo que quiero, vivir. Salgo al pasillo y me encuentro con un chico que sale de la habitación. —¡Peter! —lo llamo—. ¿Sabes dónde está Killian? —Te queda bien el rubio —me dice y apunta con la cabeza al final del pasillo, a la puerta que hay junto a la mía—. Esa es su habitación, inténtalo pero no le gusta que le jodamos por la mañana. Aun así me atrevo a ir y a golpear la puerta con los nudillos. Lo hago tres veces. —¿Killian? —pregunto. Y la puerta se abre y yo ya estoy nerviosa y sonrojada como una niñata. ¿Por qué tiene que ser tan... él? Su pecho desnudo brilla ante la tinta que lo cubre como una segunda piel y aunque ayer lo vi recién levantado, hoy lo admiro igual. Con el pelo revuelto y los ojos adormecidos. Lamento haberlo despertado pero no me salen las palabras cuando sus dedos se enredan mi pelo entre ellos. —Espero que haya quedado bien porque estuvimos todo el día intentando arreglarlo —digo. Killian asiente, creo que sigue algo dormido y quiere volver a la cama. Pero entonces su mano se hunde en mi melena y me empuja por la nuca hasta sus labios. No, no está dormido. Una vez me he afianzado a su boca, me suelta solo para cogerme por el culo y subirme por los aires hasta que me enredo en sus caderas como un mono. Cierra la puerta con el pie y me tumba en su cama con tanta pasión entre los dos que casi se le olvida coger un preservativo de su mesilla. Es rápido y duro, ya casi no molesta y si lo hiciera no pararía porque el placer es mayor que nada. Sigo sin saber mucho pero ayer hablando con Andrea me dio unos consejos y me gustaría aplicarlos. No tengo mucha fuerza, pero solo tengo que empujarlo con mi pierna para que se tumbe en la cama y me siente sobre él. Se siente muy diferente y durante unos segundos no sé ni como moverme, pero empiezo. Killian echa la cabeza contra sus almohadas y suelta un gruñido. Me apoyo en su pecho para moverme y me inclino hasta dejar un beso cerca de su herida, aprovecho para verla y alejar mis manos de la zona. Con brusquedad me obliga a mirarlo empuñando mi pelo entre sus dedos tatuados. Durante el sexo, Killian se vuelve un animal y se le ensombrecen los ojos. —Eres mía —dice—. Dilo. Me embiste con fuerza y mis pechos se bambolean entre los dos. —Soy tuya —digo.
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