Es mucho más cómodo de lo que imaginaba. Sólo es Megan pero la casa huele diferente cuando entro por la puerta y ya ni siquiera parecen esas mismas paredes llenas de golpes. Llego muchas noches y están las dos en el salón viendo cualquier cosa que a mi no me gusta de Netflix, o Megan siempre está por ahí haciendo cosas y dándole vida a la casa. Cuando sus únicas y pocas amistades se van de la ciudad por el verano, sé que se aburre. —¿Quieres hacer ejercicio conmigo? Me mira desde su silla en la cocina, con la taza de café apoyada en los labios y ese pelo rubio tan brillante atado en una coleta. —¿Que qué? —Ya me has oído. —Pero creo haberlo hecho mal. Yo no puedo levantar ni media pesa de las que tienes ahí, Seth. Además —se arrellana más en la silla y se pega las rodillas al pecho—

