[ADRIEN]
El jet ya está en movimiento cuando finalmente me permito relajar los hombros contra el asiento. El despegue siempre tiene algo casi ceremonial, incluso cuando uno está acostumbrado a él. El rugido de los motores se convierte poco a poco en un murmullo estable, el suelo desaparece bajo las alas y la ciudad se reduce a una red ordenada de calles y luces que se alejan con una calma engañosa.
El interior del avión es amplio y silencioso. Mi abuelo siempre insistió en que los viajes de negocios debían sentirse como una extensión natural del despacho: espacios abiertos, madera clara, cuero suave, iluminación cálida. Nada que recuerde a un transporte comercial. Todo diseñado para que la mente siga funcionando con precisión.
Sin embargo, incluso un jet privado sigue siendo un espacio cerrado.
Y Claire está sentada frente a mí.
Ha cambiado el vestido de la boda por algo mucho más sencillo: pantalones claros de tela ligera y una blusa de seda color marfil que se mueve suavemente cada vez que el avión ajusta su trayectoria. Ha dejado el abrigo doblado sobre el respaldo del asiento y su cabello oscuro cae suelto sobre los hombros, ligeramente desordenado por el movimiento del viaje.
Está leyendo algo en su tablet.
Probablemente documentos del laboratorio.
No me sorprende.
Desde que empezó todo esto, Claire Martin parece incapaz de permanecer quieta si hay trabajo pendiente. Incluso en medio de una luna de miel que existe principalmente para convencer a la prensa y al consejo de administración, su mente sigue anclada en fórmulas, lotes de producción y registros del laboratorio.
El avión termina de estabilizarse sobre las nubes. La luz que entra por las ventanas ahora es blanca y uniforme, filtrada por una capa de cielo limpio que se extiende en todas direcciones.
Durante varios minutos ninguno de los dos dice nada.
El silencio no es incómodo, pero tampoco es relajado. Es un silencio lleno de atención contenida, como si ambos estuviéramos midiendo cada gesto con demasiado cuidado.
Finalmente dejo los informes que tengo sobre la mesa.
—Puedes relajarte un poco —digo.
Claire levanta la mirada de la pantalla.
Sus ojos oscuros me observan con calma.
—Estoy relajada.
—Eso no parece.
—¿Qué debería parecer?
La pregunta no tiene ironía. Es directa.
La observo unos segundos antes de responder.
—Pareces como si estuviéramos entrando a una reunión de auditoría.
Claire baja la mirada un momento hacia la tablet antes de dejarla sobre la mesa.
—Tal vez lo estamos —dice con tranquilidad—. Solo que en otro contexto.
Una sonrisa breve se escapa de mis labios.
—Esta es nuestra luna de miel.
Ella ladea la cabeza apenas.
—Nuestra luna de miel pública —corrige—. Son cosas distintas.
Tiene razón.
Pero escucharlo en voz alta vuelve la situación extrañamente concreta.
La azafata se acerca con discreción, deja dos copas de agua sobre la mesa plegable y se retira sin interrumpir la conversación.
Claire vuelve a mirar su tablet.
Intento hacer lo mismo con mis documentos, pero no funciona. Mi atención regresa a ella cada pocos segundos sin que lo quiera.
Finalmente suspira.
—Si vas a mirarme así todo el vuelo, será difícil concentrarme.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras intentando descifrar algo.
—Tal vez lo estoy haciendo.
Claire deja la tablet a un lado y me observa directamente.
—¿Descifrar qué?
La miro durante unos segundos antes de responder.
—A ti.
Niega con la cabeza, casi con paciencia.
—Eso sería una pérdida de tiempo.
—No estoy tan seguro.
En ese momento el avión atraviesa una ligera turbulencia. Nada grave, apenas una sacudida breve que hace vibrar el fuselaje y desplaza ligeramente los objetos sobre la mesa.
La copa de agua frente a Claire se desliza hacia el borde.
Ella intenta alcanzarla, pero reacciona tarde.
Extiendo la mano de forma automática y la sujeto antes de que caiga.
En el movimiento mi mano termina sobre la suya.
Su piel está tibia.
Quieta.
El contacto dura apenas un segundo, pero se siente más largo de lo que debería.
Claire es la primera en reaccionar. Retira la mano con cuidado, como si el gesto hubiese sido un accidente que conviene corregir de inmediato.
—Gracias —dice.
—De nada.
Vuelvo a colocar la copa en el centro de la mesa.
Pero el aire entre nosotros ha cambiado.
—Ves —dice Claire después de unos segundos—. Ese tipo de cosas es exactamente lo que intento evitar.
—¿Un vaso de agua?
—La proximidad.
La palabra queda suspendida entre nosotros.
—No fue intencional —digo.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo el problema.
Claire se recuesta ligeramente en su asiento y cruza los brazos.
—El problema no es lo que pasa. Es lo que podría pasar si dejamos de prestar atención.
La observo unos segundos.
—¿De verdad crees que soy tan impulsivo?
Su mirada permanece tranquila.
—No. Creo que estás acostumbrado a que las cosas ocurran sin que tengas que pensarlas demasiado.
No lo dice con reproche. Solo como una constatación.
—Y conmigo no funciona así —añado.
—Exacto.
El avión vuelve a vibrar suavemente mientras atraviesa otra capa de aire.
Esta vez Claire se inclina hacia adelante para recoger la tablet que casi se desliza de la mesa. En ese movimiento su hombro roza el mío.
Es apenas un roce.
Pero lo siento con una claridad incómoda.
Claire se aparta de inmediato.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—Prefiero hacerlo.
La observo con más atención.
—Claire.
—¿Sí?
—No puedes evitar todo.
—No intento evitar todo.
—Entonces ¿qué intentas evitar exactamente?
Ella tarda unos segundos en responder.
—Que confundamos lo que estamos haciendo.
—¿Y qué estamos haciendo?
—Un acuerdo.
La respuesta es inmediata.
—Eso ya lo sé.
—Entonces mantengámoslo claro.
El silencio que sigue es más denso que antes.
—¿Sabes qué es lo curioso? —digo finalmente.
—¿Qué?
—Mientras más intentas establecer distancia… más consciente me vuelvo de ella.
Claire sostiene mi mirada unos segundos antes de responder.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque si dejamos de pensar, podríamos olvidar por qué estamos aquí.
La observo con calma.
—Y si en algún momento dejo de ser solo una parte del acuerdo —pregunto—, ¿qué harías?
Claire tarda unos segundos en responder.
—Entonces hablaremos de ello.
La respuesta es tranquila.
Pero ahora noto algo distinto en su voz.
No es frialdad.
Es cautela.
El avión continúa su ruta sobre las nubes con una estabilidad casi perfecta.
Claire vuelve a tomar la tablet.
Yo intento hacer lo mismo con mis documentos.
Pero sé que no voy a concentrarme.
Porque cada pequeño gesto —la forma en que aparta un mechón de cabello de su rostro, la manera en que evita sostener mi mirada demasiado tiempo, el cuidado casi deliberado con el que mantiene espacio entre nosotros— me recuerda algo que no había considerado cuando todo esto empezó.
Claire no está jugando.
Para ella esto sigue siendo exactamente lo que dijo desde el principio.
Un acuerdo.
El problema es que, cada vez que intenta mantener esa distancia con tanta disciplina…
empiezo a preguntarme cuánto tiempo más voy a poder fingir que para mí también lo es.