ACORRALADOS

1636 Palabras
[CLAIRE] Creí que tendría tiempo. Tiempo para respirar. Tiempo para asimilar lo que acababa de ocurrir en esa iglesia. Tiempo para volver a casa, abrazar a mi padre con calma y decirle que me iría unos días, que todo estaba bajo control, que no se preocupara. Pero una vez más, mis planes no significan nada frente a los de Henri Laurent. La fiesta ha terminado hace apenas minutos. Los últimos invitados se despiden en el salón inferior del hotel mientras las luces se atenúan lentamente. Yo solo quiero irme. Quiero salir de este vestido, quitarme los zapatos, sentarme en el borde de mi cama y entender qué acaba de pasar con mi vida. En cambio, estoy en el ascensor privado del hotel, al lado de mi esposo. Mi esposo. La palabra aún no encaja del todo. Adrien mantiene la compostura impecable de toda la noche. El traje oscuro le queda perfecto, la corbata apenas aflojada después de horas de sonrisas controladas y apretones de manos. Yo sostengo el ramo ya marchito entre los dedos como si fuera un objeto ajeno. Cuando el ascensor se detiene en el último piso, él habla antes de que las puertas se abran. —Sé que este no era el plan. Lo miro. —No entiendo por qué simplemente no me llevas a mi casa ahora. Él no se dará cuenta de nada —respondo, intentando mantener la voz baja, aunque la molestia se me nota. Las puertas se abren y salimos al pasillo alfombrado, silencioso, custodiado por una discreción que no es casual. —Porque, si no lo has notado, él también se está quedando en el hotel —dice con una calma que me irrita. Al girarme, veo a dos hombres de seguridad caminar hacia una de las suites del ala opuesta. No necesito que me expliquen más. —¿Qué pretende tu abuelo? —pregunto, conteniendo la frustración—. ¿Acaso piensa entrar a la habitación y comprobar si tú y yo nos acostamos o no? Adrien esboza esa media sonrisa suya que siempre aparece cuando algo lo divierte más de lo que debería. —Claramente no confía del todo en lo que le he dicho de nosotros —responde con tranquilidad—. Y si soy completamente sincero, creo que en el fondo espera que le demos un bisnieto pronto. Lo dice como si estuviera comentando el clima. Me detengo frente a la puerta de la suite y doy un paso más hacia él. —Adrien, no te confundas —digo con firmeza, levantando el dedo índice sin pensarlo demasiado—. Lo nuestro es un acuerdo y tú lo sabes muy bien. Esto es para salvar la empresa, para que yo pueda salvar a mi padre, y nada más. Entre tú y yo no va a pasar nada. Quiero que lo tengas claro. Mi voz no es un susurro. Y en ese instante él reacciona. No me da tiempo a añadir nada más. Su brazo rodea mi cintura con rapidez y me acerca a su cuerpo con una firmeza que no esperaba. No es brusco, pero tampoco es delicado. Mi espalda choca contra su pecho. —No tienes que gritar —murmura cerca de mi oído—, mucho menos aquí, cuando a pocos pasos están los guardaespaldas de mi abuelo. Su aliento roza mi piel. Mi cuerpo se tensa de inmediato. —Y no te creas tan guapa ni tan especial —añade con voz baja, sin apartar la mirada de la mía cuando me obliga a girar ligeramente el rostro hacia él—. Tengo muy claro que esto es un acuerdo. Su tono es controlado, pero algo en su expresión ya no es completamente neutral. Sin soltarme, abre la puerta de la suite y me guía hacia el interior. La habitación es desproporcionadamente grande. Ventanales con vista a la ciudad iluminada, sala privada, chimenea encendida, una cama que parece más un escenario que un mueble. Todo está diseñado para una noche que no estaba en mis planes. Cuando la puerta se cierra detrás de nosotros, el silencio cambia. Ya no es el silencio vigilado del pasillo. Es uno más íntimo. Adrien me suelta lentamente y se aleja un par de pasos, como si necesitara espacio para recuperar el control que casi pierde en el umbral. Yo me mantengo de pie en medio de la habitación, sintiendo el peso del vestido, de la noche, del beso en la iglesia que aún parece persistir en mi memoria. —Tu abuelo no va a entrar aquí —dice finalmente—. Pero sí va a comprobar mañana que seguimos en la suite. Cruzo los brazos. —Entonces fingimos. —No —corrige con calma—. No fingimos. Dormimos aquí. Eso es suficiente. Lo observo mientras se quita la chaqueta y la deja sobre el respaldo de una silla. El gesto es natural, casi doméstico, y eso me descoloca más que cualquier comentario suyo. —Mañana nos vamos —añade. —¿Nos vamos? —Viaje de bodas. Regalo de Henri. Costa Amalfitana. Parpadeo. —Yo no he empacado nada. —Lo hicieron por ti. Por supuesto que lo hicieron. La vida organizada sin que yo participe en la organización. Mi primera reacción no es emoción. Es preocupación. —Tengo que llamar a mi padre. Adrien asiente. —Hazlo. Me alejo hacia el balcón, necesito aire, y marco el número con dedos que aún sienten la presión de su mano en mi cintura. —¿Claire? —contesta casi de inmediato. —Todo salió bien —digo antes de que pregunte—. Ya terminó la ceremonia. —Lo vi en la televisión —responde con una mezcla de orgullo y nostalgia—. Te veías hermosa. Me apoyo contra la baranda y observo la ciudad debajo. —Papá… mañana me voy unos días. Hay un pequeño silencio al otro lado. —¿Viaje de bodas? Asiento aunque no pueda verme. —Sí. Es… parte de todo esto. No le explico que no lo esperaba. No le digo que siento que todo avanza demasiado rápido. —Ve tranquila —dice con suavidad—. Yo estaré bien. Su voz tiene esa firmeza que intenta tranquilizarme, pero percibo el cansancio detrás de ella. —Te llamaré todos los días —prometo. Cuando cuelgo, permanezco unos segundos más mirando las luces lejanas. Ahora estoy casada. Mañana me iré a Italia. Y en esta suite, detrás de mí, está el hombre con el que firmé un acuerdo para no sentir nada. Regreso al interior. Adrien está de pie junto a la ventana, con la camisa desabotonada en el cuello, mirando la ciudad como si buscara respuestas en los edificios iluminados. Nuestros ojos se encuentran. Hay algo distinto en la forma en que me observa. No es desafío. No es burla. Es… atención. —¿Está todo bien? —pregunta. Asiento. —Sí. El silencio que sigue es distinto al del pasillo. Aquí no hay cámaras. No hay invitados. No hay aplausos. Solo nosotros. Intento alcanzar el cierre del vestido en mi espalda, pero mis dedos no logran encontrarlo con precisión. El diseño es más complejo de lo que parecía cuando la estilista me lo colocó. Suspiro con frustración involuntaria. Adrien lo nota. —¿Necesitas ayuda? La pregunta es neutral. Profesional, casi. Dudo un segundo. —Sí. Se acerca con pasos lentos, sin invadir de inmediato el espacio. Cuando se coloca detrás de mí, siento su presencia antes de que me toque. El aire parece cambiar de temperatura. —Gira un poco —murmura. Obedezco. Sus dedos rozan mi espalda al buscar el cierre oculto entre la tela ajustada. El contacto es leve, pero suficiente para que mi respiración se vuelva más consciente. No es un gesto íntimo en intención. Es práctico. Pero mi cuerpo no lo interpreta como simple logística. —¿Así? —pregunta, deslizando con cuidado el cierre hacia abajo. La tela cede lentamente. Siento el aire fresco contra mi piel a medida que el vestido pierde tensión. —Sí. Su mano no se apresura. No es torpe. No es invasiva. Es deliberadamente cuidadosa. Cuando el cierre llega al final, sus dedos permanecen un segundo más de lo necesario sobre mi espalda descubierta. No sé si es descuido o elección. Mi pulso se acelera. El vestido se afloja y debo sostenerlo con las manos antes de que caiga por completo. —Gracias —digo sin girarme. —No hay de qué. Su voz es baja, controlada. Doy un paso adelante para alejarme y permitir que la tela deslice hasta el suelo. La sensación de vulnerabilidad no es por la piel expuesta. Es por la cercanía. Tomo la bata de seda que dejaron preparada y me cubro con rapidez contenida. Cuando me giro, él está observándome. No con descaro. Con atención. —La cama es lo suficientemente grande —dice finalmente—. No hace falta dramatizar. —No estoy dramatizando. Una leve sombra de sonrisa cruza su rostro. —Bien. Se mueve hacia el otro lado de la habitación para cambiarse, dándome la espalda esta vez. El equilibrio se restablece, aunque el aire sigue cargado de algo nuevo. Cuando las luces se atenúan y ambos nos acomodamos en extremos opuestos de la cama, la distancia física parece suficiente para sostener el acuerdo. Pero el silencio ya no es el mismo. El recuerdo de sus dedos deslizándose por mi espalda permanece demasiado presente. Cierro los ojos, intentando convencerme de que fue solo un gesto práctico. Que no significó nada. Que el beso en la iglesia fue protocolo. Sin embargo, en la oscuridad, siento su respiración al otro lado de la cama con una claridad inquietante. A partir de ahora, todo cambia. Y esta vez no es solo una frase. Es algo que empieza a sentirse real
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