LA FIESTA

988 Palabras
[ADRIEN] La ceremonia fue exactamente lo que debía ser. Impecable. Precisa. Medida. La iglesia, discreta pero elegante. Los invitados seleccionados con el cuidado que exige mi apellido. Las fotografías necesarias. Los aplausos correctos. Las palabras justas. Nada fuera de lugar. Y aun así, mientras salimos por la nave central tomados del brazo, siento con absoluta claridad que aquello no es suficiente. Un matrimonio como el nuestro no puede parecer pequeño. No puede parecer circunstancial. No puede dejar espacio a interpretaciones. Debe parecer real. Y lo real, en mi mundo, nunca es silencioso. Claire camina a mi lado con una serenidad que desconcierta. El vestido le cae con una naturalidad que no es ostentosa ni frágil; es firme, sobrio, elegante sin intención de seducir. No parece una mujer deslumbrada por una boda. Parece una mujer consciente de cada paso que da. La limusina nos espera frente a la escalinata. Las cámaras capturan el momento en que coloco mi mano en su espalda para guiarla. Es un gesto protocolar. Lo he hecho cientos de veces con mujeres distintas en contextos distintos. Pero esta vez no lo es. Esta vez siento el calor de su piel a través de la tela. Cuando nos acomodamos en el interior y la puerta se cierra, el murmullo exterior desaparece. Quedamos solos en un silencio que no es cómodo, pero tampoco hostil. Claire observa por la ventanilla unos segundos antes de girarse hacia mí. —¿Dónde iremos ahora? —pregunta con calma, aunque en su mirada hay una sombra de duda. —A nuestra fiesta —respondo con naturalidad—. ¿Acaso creíste que todo esto era suficiente? Veo el cambio mínimo en su expresión. No es sorpresa, exactamente. Es decepción. —Habíamos acordado una pequeña recepción —dice, sin elevar la voz—. Una cena discreta. Discreta. La palabra suena ajena a mi mundo. —Mi abuelo me entregó una lista de invitados que debían estar presentes —explico, manteniendo el tono firme—. La pequeña recepción no fue posible. Su mano se desliza fuera de la mía con suavidad, pero la ausencia del contacto es inmediata. Se inclina hacia adelante para ajustar el vestido, como si necesitara espacio. —Claro —murmura—. Nada en tu vida es pequeño. La limusina avanza y las luces de la ciudad comienzan a reflejarse en el vidrio. Me inclino apenas hacia ella. —No puedes pretender que todo termine en la puerta de la iglesia —digo—. Esto necesita consolidarse. Claire gira el rostro y me mira directamente. —¿Consolidarse ante quién? La pregunta es limpia. Directa. Y me obliga a responder sin máscaras. —Ante todos. —¿Y ante ti? —insiste. No respondo de inmediato. Porque la verdad es incómoda. El beso en el altar fue más largo de lo necesario. Más intenso de lo estrictamente correcto. No lo planeé. Simplemente ocurrió. Y cuando mis labios tocaron los suyos, hubo una fracción de segundo en la que olvidé que aquello era un acuerdo. Ella lo sintió. Lo sé. —No confundas las cosas, Adrien —dice finalmente. —No estoy confundiendo nada. —Lo estás haciendo. Su tono no es acusador. Es preventivo. La limusina se detiene frente al hotel. El edificio está iluminado como si la ciudad girara en torno a él. Alfombra, luces, invitados esperando. Bajo primero. Le ofrezco la mano. Claire duda apenas un segundo antes de aceptarla. Entramos. El salón es exactamente como lo pedí: elegante, sobrio, con música en vivo y mesas distribuidas con precisión. No hay exceso, pero tampoco modestia. Es la clase de celebración que nadie puede cuestionar. Mi mano descansa en su cintura mientras avanzamos entre felicitaciones y brindis. Ella sonríe cuando debe hacerlo. Responde con cortesía impecable. Nadie diría que está molesta. Pero yo siento la tensión en su cuerpo. Cuando inicia el primer vals, la conduzco hacia la pista. Coloco una mano en su espalda y tomo la suya con la otra. La música comienza y nos movemos con una sincronía que me irrita por lo natural que resulta. —No debiste hacerlo —murmura sin dejar de sonreír. —¿Qué cosa? —Convertir esto en espectáculo. La acerco apenas más. —No es espectáculo. Es estabilidad. —Es presión. Su mirada no se aparta de la mía. —¿Te presiona que parezca real? —pregunto. Sus dedos se tensan en mi hombro. —Me presiona que olvides por qué hicimos esto. La giro con suavidad y el vestido roza mi pierna. Su perfume me distrae. La proximidad me obliga a concentrarme más de lo que debería. —No lo he olvidado —respondo con firmeza—. Solo estoy haciendo lo necesario. —Lo necesario para ti —corrige. La música continúa. Los invitados observan con aprobación. Para ellos somos la imagen perfecta. Para nosotros, la línea es más delgada. —Adrien —pronuncia mi nombre con una advertencia implícita—. No me mires así. —¿Así cómo? —Como si esto fuera algo más. El comentario me atraviesa. —¿Y si lo fuera? —pregunto sin pensar. Por un instante, su respiración se desordena. Solo un segundo. Luego recupera la compostura. —No lo es —dice con firmeza. Pero sus ojos no son tan firmes como sus palabras. Cuando el baile termina, los aplausos llenan el salón. Me inclino para besar su mejilla ante las cámaras, pero mis labios rozan demasiado cerca de su boca. La cercanía no es calculada. Es inevitable. Ella lo siente. Yo también. Y mientras la música continúa y los invitados celebran lo que creen un matrimonio consolidado, entiendo algo que no estaba en ningún contrato: La fiesta no es para convencer al mundo. Es para probarnos a nosotros. Y Claire está luchando contra algo que todavía no me quiere revelar. Y yo… Estoy empezando a luchar contra algo que no planeaba sentir.
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