Capítulo 2.1

1999 Palabras
Faltan dos días para Navidad y Noa ya casi se arrepiente de haber aceptado este trabajo. La camioneta avanza con dificultad por el camino de montaña, las ruedas patinan sobre la nieve acumulada y el volante vibra bajo sus manos entumecidas por el frío. El parabrisas apenas logra despejarse, y más de una vez se pregunta si el GPS no la ha traicionado. No hay luces, no hay señal, no hay nada excepto árboles altos, nieve espesa y un silencio que aterra. —Te lo advertí —la voz de su amiga Lena resuena en su oído por el audífono—. Noa, ese lugar no es normal. Ese alfa Grimm no es normal. Dicen que es peligroso. En estas fechas nadie logra acercarse a él. ¿Tanto dinero ofrecido no te es sospechoso? Noa aprieta la mandíbula. Piensa en el dinero. Piensa en la colegiatura de Robert, su hermano menor, en los avisos atrasados, en las noches contando monedas sobre la mesa para poder cubrir sus estudios. Piensa en que ambos son huérfanos desde demasiado jóvenes, en que nadie va a salvarlos si ella no lo hace. Necesita ese dinero y no piensa perderlo por nada en el mundo. —Sí —responde—. Estoy segura. La camioneta resopla, como si también dudara, pero finalmente logra superar la última curva. El camino se abre y la comunidad aparece ante ella. Es grande. Más de lo que esperaba. Varias cabañas de madera se distribuyen entre los árboles, todas con luces encendidas, decoraciones típicas de estas fechas. Hay movimiento, sombras que se desplazan, figuras altas que se detienen al notar su presencia. Noa reduce la velocidad sin darse cuenta. Todos la miran. No con hostilidad, pero sí con una curiosidad incómoda, como si no fuera común ver a alguien como ella allí… y mucho menos en esta época del año. Traga saliva. —Lena, ya llegué —avisa a su amiga—. Tengo que colgar ahora. —Ten cuidado, Noa. Llama si necesitas ayuda. Si ese alfa te hace daño, iré al consejo a quejarme de él. —No te preocupes. La llamada se corta. Noa estaciona cerca de una de las construcciones principales, baja de la camioneta y el frío la golpea de lleno. El aire es tan helado que le quema los pulmones. Su nariz y sus mejillas se tornan rojas al instante. Abre la parte trasera y observa las cajas: luces, guirnaldas, esferas, telas rojas, pequeños adornos. Todo lo necesario para hacer su trabajo. —Tú debes ser Noa. Se gira sobresaltada. Un hombre alto, de cabello oscuro y expresión seria, la observa con los brazos cruzados. A su lado hay otro, más joven, con una sonrisa nerviosa, y un tercero que apenas la mira, como si no quisiera involucrarse demasiado. Todos son muy grandes, llevan solo una playera de algodón y jeans. Noa se pregunta si los lobos nunca tienen frío. —Sí —responde ella—. Soy yo. —Soy Rowan —dice el primero—. Beta de la manada Colmillo plateado. Él es Elián, omega, y aquel es Marcus, el gamma. El más joven levanta la mano en un saludo tímido. Le sonríe. Noa siente un extraño relajo cuando sus manos se tocan, como si él ejerciera en ella un poder que no conoce. —Gracias por venir —añade Rowan—. Sabemos que el camino es complicado. Noa suelta una pequeña risa sin humor. —Es una forma amable de decirlo. Ellos intercambian miradas breves. Hay algo contenido en el ambiente, algo que no se dice. Marcus asiente hacia Rowan, este comprende lo que el gamma comunica. —Nosotros te llevaremos hasta la casa del alfa —continúa Rowan—, pero… deberás entrar allí sola. Noa ya lo sabe. Asiente. —La cabaña del alfa es aquella —explica Elián, señalando con el dedo—. La más alejada. —No le gusta que lo molesten —agrega Marcus—. Puede ser un poco complicado tratar con él, pero no te hará daño. —La Navidad no es su fecha favorita —concluye Rowan. Noa aprieta los dedos dentro de los guantes. —Entiendo. No entiende, pero no importa. Vuelve a la camioneta, avanza lentamente hasta el sendero que le indican y, tras unos minutos eternos, por fin llega. La cabaña del alfa. Es más grande que las demás, sólida, oscura, casi fundida con el paisaje. No hay luces, no hay decoraciones, no hay rastro alguno de celebración. Parece un lugar que se protege del mundo. Estaciona, apaga el motor y el silencio vuelve a envolverlo todo. Por un momento, se queda sentada, respirando hondo, reuniendo valor. Luego toma una de las cajas que contiene las esferas. Cada paso sobre la nieve cruje con un sonido exageradamente fuerte. El frío se filtra incluso a través de su abrigo. Se detiene frente a la puerta de madera maciza y levanta la mano. Toca. Nada. Toca otra vez. Nada. Mira por la ventana lateral. El interior está casi a oscuras, apenas iluminado por el resplandor tenue de la chimenea. Entonces lo ve. Un hombre grande, demasiado grande, sentado en un sillón. Su cuerpo ocupa el espacio con una presencia pesada, intimidante. Está quieto, como una estatua, pero sabe que está despierto. Lo siente. —¿Hola? —vuelve a golpear con más fuerza—. Soy Noa… vengo por el trabajo. Silencio. Dentro, Grimm cierra los ojos. La voz es aguda. Humana. Molesta. Justo lo que no necesita. El olor le llega incluso antes de abrirlos: frío, nieve, algo dulce, algo que no pertenece a su territorio. Su lobo, Risco, se agita, inquieto, irritado. Otra vez el golpe. —Sé que está ahí —insiste ella, alzando la voz—. Me dijeron que viniera hoy. Grimm aprieta la mandíbula. Se está conteniendo. Por la manada. Por sí mismo. Tal parece que el castigo que les dio el año pasado no fue suficiente, por eso insisten en hacer lo mismo esta Navidad. Deberá aumentar el doble de misiones. Pero entonces ella vuelve a golpear, más fuerte, más insistente. —¡Oiga! ¡Hace un frío terrible aquí afuera! ¿Quieres que me congele? Eso es todo. Se levanta de golpe y abre la puerta con violencia. El aire helado invade la cabaña. Noa da un pequeño salto hacia atrás por el susto. El hombre frente a ella es enorme, de hombros anchos, cabello oscuro y barba descuidada. Sus ojos, de un verde intenso, la atraviesan con una mezcla de fastidio y algo más… algo que no sabe nombrar. —¿Qué demonios quieres? —gruñe. Noa traga saliva, ajusta la caja contra su pecho y levanta la barbilla. —Hola —dice—. Soy Noa. Soy la decoradora, vengo a trabajar en tu cabaña. Grimm la mira como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo. Da un paso hacia ella, amenazante. Noa da un paso atrás sin mirar el suelo. El frío, los nervios y el peso de la caja no hacen buena combinación. Su bota resbala y el equilibrio se pierde en un segundo torpe. La caja se inclina, se abre y el contenido se desparrama por la nieve. —¡Ay, no…! Varios globos de Navidad ruedan por el suelo blanco, brillantes, rojos, dorados, uno con pequeñas estrellas verdes. Algunos chocan entre sí y otros avanzan hasta detenerse justo frente a los pies del alfa. El silencio se vuelve espeso. Noa se agacha de inmediato, avergonzada, intentando recogerlos con torpeza mientras murmura disculpas. —Lo siento, fue sin querer, yo… Antes de que pueda terminar, Grimm baja la mirada. Su expresión se endurece aún más. Da un paso al frente y, sin pensarlo, patea uno de los globos. Luego otro. Y otro más. Los adornos salen volando varios metros, perdiéndose entre la nieve y los árboles. El sonido seco del impacto hace que Noa se quede inmóvil. Lentamente, se pone de pie. —Oye —dice, con el ceño fruncido—. ¿Qué te pasa? Si amaneciste de mal humor, no te desquites con mis cosas. Grimm la mira como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar. —Lárgate —ruge, su voz profunda vibrando en el aire—. No te quiero aquí. El gruñido es real, animal, cargado de una amenaza que eriza la piel. Noa siente cómo el miedo le sube por la espalda y le oprime el pecho. Por un segundo, su instinto le grita que corra. Pero entonces recuerda. Recuerda la mirada seria de Rowan, su advertencia y, sobre todo, la promesa del pago. Después de Navidad… si logra que el alfa acepte, casi todos sus problemas estarán resueltos. Cierra los ojos un instante y aspira aire helado. Cuando los abre, se planta. —No —dice, con voz firme, aunque por dentro esté temblando—. No me voy. Grimm frunce el ceño, sorprendido. —¿Qué dijiste? Noa traga saliva, pero no retrocede. Se siente absurda erguida frente a un hombre que fácilmente la duplica en tamaño y fuerza, pero no baja la cabeza. Él la haría papilla con un solo golpe. —Dije que te calmes —añade—. Así no se trata a las visitas. Ni a nadie. Eres bastante grosero. El alfa deja escapar un gruñido bajo, peligroso. —No eres mi visita. —Pues alguien me contrató —replica ella—. Y mientras esté aquí, voy a hacer mi trabajo. Señala los globos esparcidos. —Ahora recoge lo que tiraste. Yo tengo mucho que hacer. El silencio que sigue es tan denso que todo el ambiente parece en pausa. Grimm la observa fijamente, incrédulo, como si estuviera evaluando si esa humana perdió la cordura o si es más valiente, o más tonta, de lo que parece. Noa no espera respuesta. Se inclina, recoge la caja medio vacía y, sin pedir permiso, pasa junto a él y cruza el umbral de la cabaña. El corazón le late demasiado rápido. Al pasar tan cerca, algo extraño ocurre. Los vellos del cuerpo de Grimm se erizan. Un destello breve, casi imperceptible, cruza sus ojos verdes. Su lobo se agita de golpe, alerta, interesado. El aroma de ella lo golpea con una intensidad inesperada. Grimm se queda quieto. Noa entra sin mirar atrás, demasiado concentrada en no salir corriendo. Su amiga le dijo, él no puede hacerle daño, porque sería romper las leyes de convivencia. A unos metros, entre los árboles, Rowan, Elián y Marcus observan la escena con expresiones mezcladas entre diversión y asombro. —¿Viste eso? —murmura Elián—. ¿Entró… sin permiso? —Sí —responde Marcus, conteniendo una sonrisa—. Es muy valiente, aunque tiene miedo. Luego me acercaré para calmarla. Rowan cruza los brazos, claramente entretenido. —Esta chica es interesante. Grimm gira la cabeza lentamente hacia ellos. Sus ojos brillan con advertencia. Gruñe con fuerza. El sonido retumba entre los árboles, cargado de autoridad y amenaza. Los cristales de la cabaña tintinean. Los tres lobos se enderezan al instante. —Está bien, está bien —dice Rowan por el enlace mental, levantando las manos—. Ya nos vamos. Se dispersan rápidamente, aunque no pueden evitar mirar atrás una última vez. Dentro de la cabaña, Noa se sobresalta al oír el gruñido. Sus manos tiemblan apenas mientras deja la caja sobre una mesa rústica. El interior es cálido, amplio, pero sombrío. No hay adornos, no hay colores, no hay rastro alguno de Navidad. ¿Quién puede vivir en un lugar así? Solo madera, piedra… y soledad. Ella respira hondo, intentando calmarse. —Tranquila —se susurra—. Tú puedes con esto. Detrás de ella, la puerta se cierra con un golpe seco. Noa se gira de inmediato. Grimm está allí, mirándola de manera amenazante como si fuera un problema del cual deshacerse lo antes posible. Noa traga saliva. Solo desea salir viva de aquí. Debe haber una forma. ❄️🐺🎄
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