Las personas debían de cansarse de llorar (supongo) pero este no es el caso de Paula. Abrió los ojos, sintió las suaves sábanas bajo sus manos, miró el techo y supo que estaba en casa. Se incorporó, buscó sus pantuflas, se las puso y se dispuso a bajar. Desde las escaleras empezó a escuchar una conversación, cuando estuvo en el último escalón pudo ver de quiénes se trataba. Los mismos señores. —Siguen aquí —Pensó en voz alta Su madre sobresaltó al escucharla, le extrañó que no se hubiera encerrado sin querer hablar con nadie. Giró a mirarla. —Estoy hablando algo importante con los señores, linda ¿estás bien?—preguntó su madre. —Creo que sí —musitó meneando la cabeza. —Hay comida en la cocina —Su madre señaló la cocina. Lo pensó, ganas de comer, muy pocas, de querer desper

