—Digo así te dejan tranquilo. —Por la misma razón que tú —Edward giró sobre su asiento. Pasó un mechón detrás de su oreja, y lo miró frunciendo el ceño. —¿Así? Aún que no fuera así, creo que para el amor hay que ser maduros, pero sobre todo aprender perdonar. Recuerdo que le dije a mi padre que no me casaría, no sé mucho del tema pero sigo creyendo que te hace falta una novia, aunque puede que la tengas. Edward carcajeó. —Enserio, lo pensaré —dijo Edward, entre risas. —Tu oficina es hermosa —Halagó Paula. —Gracias. —Pediré algo de comer o ¿prefieres ir con Leyla? —¿Puedes comer en tu oficina? —Sí. Pasaron solo dos días, y Paula trataba de acomodarse, se repetía constantemente que solo era una semana, que pronto estaría en casa, cómoda, y tranquila. Se encontraba sol

