20
Lena.
Es increíble lo rápido que tu vida puede encogerse. Un minuto eres el centro de tu propio mundo, el protagonista de cada pequeño drama, y al siguiente eres solo un invitado en la habitación de invitados de alguien más, viviendo con una maleta que nunca termina de vaciarse. Son las pequeñas cosas las que extrañas: la forma en que la luz del sol se filtra por la ventana de la cocina por la tarde, el sonido de las llaves de otra persona en la puerta, el peso familiar de una mano en tu cadera por la noche. Durante semanas, deambulé por el apartamento de mi amiga como un fantasma; silenciosa, cautelosa, nunca completamente en casa. Intenté estar agradecida. Callie era una santa, me dejaba dormir en su incómodo futón, me daba comida para llevar mala y me hacía reír cuando quería desaparecer. Pero todo sabía a cartón. El mundo estaba amortiguado, como si viviera bajo el agua.
Jack no llamó. No me envió mensajes. Al principio, pensé que era lo mejor. Me convencí de que podía empezar de cero, volver a estudiar, tener mi propio piso, encontrar a alguien seguro y sencillo a quien amar. Pero la verdad me oprimía el pecho como una piedra: no quería seguridad. No quería sencillez. Lo quería a él.
Mi madre no me hablaba. Me enviaba algunos correos electrónicos breves y fríos, siempre sobre temas logísticos. «Tu tarjeta del seguro ya está en camino». «Ya pagué tu factura del teléfono». Ni preguntas, ni «te quiero», solo lo mínimo indispensable. Intenté llamarla una vez, pero dejó que sonara. Me odiaba por extrañarla. Me odiaba por necesitar su aprobación, incluso ahora.
Jack también desapareció. Callie me dijo que había renunciado a su trabajo. «Simplemente dejó de aparecer», dijo mientras revisaba los chismes del pueblo en su teléfono. «Nadie sabe dónde vive». A veces lo imaginaba al otro lado del país, construyendo una nueva vida sin mí, sin mirar atrás. Otras veces, lo imaginaba a solo unas cuadras de distancia, tan perdido y solo como yo.
Los días se convirtieron en semanas. Conseguí un trabajo de camarera en un restaurante cerca de la universidad, de esos con cabinas de vinilo agrietadas y café ilimitado. No era glamuroso, pero me alcanzaba para la comida. Me decía a mí misma que iba a seguir adelante, pero nunca llegué a deshacer la maleta. La dejaba medio llena junto a la puerta, por si acaso.
Entonces, un viernes, encontré una carta.
Cuando llegué a casa después de mi turno, el sobre estaba atascado debajo de la puerta del apartamento. Era grueso y mi nombre estaba escrito con la letra de Jack. Me temblaban las manos al abrirlo.
Si aún me quieres, vuelve a casa.
Sin explicaciones, sin disculpas. Solo esas palabras. Pero así era Jack: sin esfuerzo alguno, solo la verdad, clara y contundente.
Callie me encontró llorando en el suelo de la cocina, aferrada a la carta. Me abrazó, me acarició el pelo y me dijo que me fuera, que dejara de torturarme. Me prometió que no se enfadaría si me marchaba esa noche. Tenía razón. Empaqué lo poco que tenía, llamé a un taxi y vi pasar la ciudad a toda velocidad por la ventana.
La casa seguía igual por fuera; la misma pintura desconchada, las mismas hortensias marchitas junto al porche. El corazón me latía con fuerza mientras subía los escalones. Casi esperaba que la puerta estuviera cerrada, que cambiara de opinión en las horas que tardé en llegar. Pero cuando llamé, se abrió casi de inmediato.
Jack estaba parado en el umbral, con un aspecto más desaliñado que nunca; barba incipiente, el pelo revuelto, vestido con unos vaqueros viejos y una camiseta que jamás había visto. Sus ojos se encontraron con los míos y el resto del mundo desapareció.
Ninguno de los dos dijo palabra. Él se hizo a un lado para dejarme entrar y dejé mi bolso junto a la puerta. La casa olía a él: jabón, café, un toque de colonia. Se me hizo un nudo en la garganta.
—Oye —logré decir con voz baja.
—Oye —repitió, con un tono más suave del que esperaba.
Por un instante, nos quedamos mirándonos fijamente. ¡Tenía tantas cosas que decir! Lo miserable que había sido, cuánto lo había extrañado, cuánto lo sentía por todo. Pero nada de eso importaba. Cruzó la habitación en tres zancadas, me tomó el rostro entre sus manos y me besó.
Fueron meses de anhelo, arrepentimiento y una esperanza obstinada, todo condensado en el roce de sus labios contra los míos. Le devolví el beso con todas mis fuerzas, aferrándome a su camisa, con mi cuerpo pegado al suyo. Me levantó y me sentó sobre la encimera de la cocina sin interrumpir el beso, con las manos ásperas sobre mis muslos.
Su boca recorrió mi cuello, sus dientes rozando mi piel, su lengua trazando la línea de mi clavícula. Jadeé, arqueando la espalda contra él, deseando más. Me subió la camisa, sus palmas calientes contra mi cintura desnuda, sus dedos clavándose como si temiera que desapareciera.
—Te extrañé —gruñó con voz ronca.
—Yo también te extrañé —susurré, pasando mis dedos por su cabello, tirando lo suficientemente fuerte como para que gimiera.
Me bajó los pantalones cortos de un tirón, arrancándome la ropa interior, dejándome desnuda y expuesta sobre la fría encimera. Se arrodilló, me separó las piernas y hundió su rostro entre mis muslos. Su lengua era implacable; lamiendo, chupando y saboreándome como si estuviera hambriento. Me retorcí contra su boca, con los dedos enredados en su cabello, gritando mientras me empujaba cada vez más al límite.
Cuando llegué al orgasmo, fue con un sollozo, todo mi cuerpo temblando. Él no se detuvo, lamiéndome a pesar de todo, haciéndome rogar por piedad antes de que finalmente se pusiera de pie, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con los ojos vidriosos de hambre.
Me levantó del mostrador y me llevó por el pasillo, sin separarme de sus labios por mucho tiempo. Me quité la camisa, intenté desabrocharle el cinturón, forcejeando con la hebilla. Apartó mis manos de un manotazo, desnudándose con frenética rapidez y arrojando la ropa al suelo. Cuando estuvo desnudo, acaricié su pecho, su abdomen, memorizando cada cicatriz, cada músculo.
Me acorraló contra la pared del pasillo, me levantó de modo que mis piernas rodearon su cintura y se deslizó dentro de mí en una sola embestida larga y perfecta. Ambos gemimos, aferrándonos el uno al otro, la sensación de estiramiento y plenitud era tan intensa, tan placentera, tan perfecta. Al principio se movió despacio, penetrando profundamente, sus manos lastimando mis caderas.
—Te amo —susurró con voz temblorosa.
Me quedé paralizada, mirándolo a los ojos. Nunca lo había dicho antes. Sentía que el corazón me latía con fuerza.
—Yo también te amo —susurré, y él me besó como si quisiera tragarse las palabras, hacerlas parte de sí mismo.
Me cargó escaleras arriba, aún unidos, aún en movimiento, con los cuerpos pegajosos por el sudor y el deseo. Caímos sobre la cama, riendo, jadeando, arañándonos como adolescentes. Ya no había reglas, ni roles, ni juegos de poder. Solo nosotros, crudos, abiertos y desesperados.
Hicimos el amor como si fuera la primera y la última vez. Me extendió en la cama, besó cada centímetro de mi piel, me dejó marcas en los muslos, los pechos, la garganta. Le rogué que fuera despacio, luego le rogué que fuera más fuerte, luego le rogué que no parara. Lo hizo todo. Me hizo llegar al orgasmo hasta que lloré, con las uñas arañándole la espalda y las piernas temblando.
Cuando me dio la vuelta, me tomó por detrás, yo me resistí a cada embestida, disfrutando del sonido de su piel chocando contra la mía, de la forma en que gruñía mi nombre, de la forma en que su mano se enredaba en mi cabello.
Se retiró, me volteó boca arriba de nuevo, se deslizó dentro, profundo y lento, manteniendo el contacto visual mientras me hacía el amor con una ternura dolorosa. Le acaricié el rostro y lo besé suavemente.
—Soy tuya —dije una y otra vez, hasta que se me quebró la voz.
Llegó con un gemido ahogado, enterrado profundamente dentro de mí, permaneciendo inmóvil mientras palpitaba y se vaciaba, su frente presionada contra la mía.
No hablamos durante un buen rato. Simplemente nos quedamos tumbados, enredados; las piernas entrelazadas, los brazos fuertemente abrazados, los cuerpos vibrando por las réplicas. Dibujé círculos suaves en su pecho, le di besos en la mandíbula, la garganta, la clavícula. Él me acarició el pelo, me rozó las mejillas, me abrazó con fuerza como si temiera soltarme.
Hicimos el amor de nuevo, más despacio esta vez, rodando juntos entre las sábanas, perezosos y dulces, saboreando cada instante. Me besó por todas partes, me dijo que me quería una y otra vez, hasta que sus palabras se convirtieron en un hechizo.
Cuando finalmente caímos rendidos, exhaustos y sin fuerzas, el sol ya estaba saliendo. Me acurruqué sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón, sintiéndome más segura que en meses.
Por primera vez, me permití creer que podíamos tener un futuro. Que amarlo no tenía por qué ser un secreto, ni un pecado, ni una condena. Que tal vez, solo tal vez, rendirme no significaba perder en absoluto.
Nos quedamos dormidos mientras la luz se colaba, abrazados, con los sueños tranquilos por fin. Se acabaron las huidas, los escondites. Solo nosotros, puros y auténticos, por fin en casa.
Erótica 3.