La casa está en silencio cuando entro a la cocina. No es un silencio incómodo. Es ese silencio tranquilo que solo existe cuando amaneces con alguien que amas, que duerme en tu cama después de hacer el amor… y sabes que no se va a ir. Ya le he preparado desayuno antes. Varias veces. Desde que empezó a vivir conmigo se volvió casi una costumbre compartida: yo hago el café, ella corta la fruta, discutimos por el punto exacto del pan tostado. Nada extraordinario. Pero hoy se siente distinto. Quizá porque ayer hablamos de guerra y boda. Quizá porque hace poco hicimos el amor como si quisiéramos recordarnos que seguimos vivos. O quizá porque por primera vez estoy pensando en cosas que van más allá de sobrevivir. Escucho sus pasos descalzos antes de verla. No necesito girarme para saber que es

