BUSCANDO RESPUESTAS

800 Palabras
Regreso a la mansión con una tensión que no se disuelve en el camino. El auto avanza solo, obediente, mientras la ciudad queda atrás envuelta en luces que ya no significan nada. No enciendo música, no llamo a nadie. Necesito el silencio para ordenar lo que no encajó durante el día, para entender por qué algo tan simple como un almuerzo terminó dejándome con la sensación incómoda de haber cedido terreno. Las cosas no salieron como debían, no porque alguien me haya superado, sino porque no pude mover las piezas como esperaba. La casa me recibe igual que siempre: perfecta, silenciosa, intacta. El sistema de luces se activa con precisión, las puertas se cierran tras de mí sin ruido, y por un instante todo vuelve a parecer bajo control. Dejo las llaves, me quito la chaqueta, aflojo los gemelos. Gestos automáticos, casi rituales, diseñados para devolverme al eje. Pero esta vez no alcanza. No voy al gimnasio, no a la piscina, no me refugio en la rutina. Camino directo al despacho, un espacio que rara vez uso de noche. Enciendo una sola lámpara. La luz cae sobre el escritorio de madera oscura, sobre la pantalla apagada, sobre un orden pulcro que otras veces me tranquiliza. Me siento. Y entonces hago algo que no suelo hacer: no espero. Enciendo la computadora. No busco nada específico al principio. Tecleo su nombre completo como quien prueba una llave en una cerradura que todavía no conoce. Aparecen resultados previsibles: menciones corporativas, notas económicas, alguna entrevista breve donde habla de mercados, de estabilidad, de proyecciones. Todo correcto. Todo pulido. Todo cuidadosamente público. Demasiado limpio. Empiezo a profundizar. Rastreo conferencias, paneles, foros donde haya participado. La observo hablar de números con una seguridad que no necesita levantar la voz. Defiende posiciones con calma, pero no cede. No improvisa, no se equivoca. Empiezo a reconocer un patrón: siempre está un paso adelante, siempre tiene margen. Esa precisión me irrita… y al mismo tiempo me atrae más de lo que debería. Abro redes profesionales, registros cruzados, menciones indirectas. Nombres que se repiten, universidades, contactos, proyectos anteriores. Su trayectoria no tiene huecos evidentes. Cada movimiento parece calculado con anticipación, como si supiera exactamente dónde quería estar incluso antes de llegar. No encuentro excesos, no encuentro errores, no encuentro debilidades visibles. Paso una mano por el rostro y me recuesto en la silla, dejando que esa ausencia de grietas se asiente. No es curiosidad. Es estrategia. Si no puedo moverla desde el frente, necesito entender el terreno desde atrás. Sigo bajando. Artículos viejos, fotografías escasas. Siempre seria, siempre contenida. Nunca expuesta. Nunca sola. Y entonces, inevitablemente, aparece él. Sergei Novikov. Su nombre se repite en todos los lugares donde hay poder que no se exhibe demasiado: empresas, fondos, vínculos que no figuran completos en ningún lado. No necesito leer demasiado para entender que no es solo su prometido. Es un cerco. Una estructura que la rodea, la sostiene… y la limita. Entiendo algo con una claridad incómoda: Dasha no se protege sola. Aprendió a hacerlo rodeada de hombres que mandan. Cierro un archivo y abro otro. Busco lo que no quiere mostrar, lo que no se publica, lo que no se dice. No encuentro escándalos ni caídas, no hay grietas evidentes. Pero empiezo a ver silencios: espacios donde debería haber ruido, saltos en la historia que no se explican del todo. Eso me interesa. Porque los silencios siempre esconden algo. Miro la hora. Ha pasado más tiempo del que pensaba. La casa sigue en absoluto silencio, como si esperara una orden que no llega. Me levanto, camino hasta el ventanal y observo la ciudad extendida a mis pies. Todo sigue funcionando. Todo sigue obedeciendo. Excepto ella. Vuelvo al escritorio. No me digo que esto es personal; no lo necesito. Me convenzo de que es parte del acuerdo, de la necesidad de anticipar escenarios, de proteger la inversión. Me digo que conocer a fondo a quien maneja los números es una forma de control legítima. Pero en el fondo sé la verdad: no estoy buscando datos financieros. Estoy buscando una entrada. Algo que me permita acercarme sin pedir permiso. Algo que rompa el equilibrio que ella controla tan bien. Cierro la computadora con un clic seco. No encontré lo que buscaba. Todavía. Pero algo se asentó con la claridad suficiente como para no ignorarlo: Dasha Steiger no es una mujer fácil de mover, y eso convierte el desafío en una fijación. Me sirvo un vaso de agua y lo bebo despacio. La frustración no se disuelve, pero se vuelve más precisa, más enfocada. Ya no es ruido. Es dirección. Esta vez no se trata de deseo ni de poder inmediato. Se trata de demostrarme que el control no se perdió… solo está esperando el ángulo correcto. Y yo siempre termino encontrándolo.
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