La beso otra vez, esta vez con más intensidad. Sus manos recorren mi espalda mientras el mundo exterior desaparece poco a poco. La luz del Mediterráneo entra por las ventanas abiertas, el sonido del mar llena la habitación y por primera vez desde que comenzó esta guerra silenciosa no pienso en estrategias, ni en amenazas, ni en lo que vendrá después. Solo en ella. En la mujer que ahora lleva mi apellido. En la mujer que acaba de convertirse en mi hogar. El beso se prolonga, profundo y lento, como si ambos estuviéramos aprendiendo a saborear este momento con una calma nueva. No hay prisa. No hay interrupciones. Solo la certeza de que, después de todo lo que hemos atravesado para llegar aquí, por fin estamos solos. Mis manos se deslizan con suavidad por su cintura mientras ella mantien

