INTENTAR ACERCARSE

1024 Palabras
La noche cae sobre Guerra Enterprises con una lentitud engañosa. El edificio se va vaciando de a poco: puertas que se cierran, ascensores que bajan por última vez, luces que se apagan piso por piso. Yo sigo en mi oficina, revisando informes que ya conozco de memoria, firmando documentos que no requieren mi atención real. No me quedé por trabajo. Me quedé porque hoy irme temprano habría sido admitir que algo me desordenó más de lo debido. Cuando por fin me levanto, el piso ejecutivo está en silencio. Camino hacia el ascensor privado y es entonces cuando noto una luz encendida al final del pasillo lateral. No debería haber nadie más. Pero lo hay. La oficina de Dasha sigue iluminada. Me detengo apenas un segundo, lo suficiente para registrar el gesto automático que me cruza por la cabeza —seguir de largo— y descartarlo. Camino hacia su puerta y no golpeo de inmediato. La observo a través del cristal. Está sentada frente a la computadora, rígida, demasiado quieta. Los hombros tensos, las manos apoyadas sobre el escritorio sin moverse. Y cuando levanta la vista, lo veo con claridad: sus ojos están rojos, brillosos, como si hubiera pasado demasiado tiempo conteniéndose. Golpeo una vez. —¿Sigues aquí? —pregunto, entrando sin esperar invitación. Dasha se endereza de inmediato. El gesto es automático, defensivo. Parpadea una vez, dos, y vuelve a colocarse la máscara. —Sí —responde—. Ya me iba. —No parece —digo, señalando la pantalla todavía encendida. Se levanta, recoge un par de papeles que no necesita, los acomoda sin orden real. Evita mirarme de frente. —Fue un día largo. —Lo fue —concedo—. Para ambos. El silencio se instala entre nosotros, denso. No hablo enseguida. La observo. No con la mirada calculadora de siempre, sino con algo más lento, más atento. Ella lo nota y se tensa aún más. —Tienes los ojos rojos —digo al fin. —Es cansancio. —No —respondo, sin elevar la voz—. No lo es. Se gira hacia mí entonces, con una firmeza que no es del todo auténtica. —No es asunto tuyo, Matías. Sonrío apenas. No por diversión. Por certeza. —Tal vez no —digo—. Pero no pareces alguien a quien le haga bien irse así a casa. —No necesito que me cuiden. —No estoy ofreciendo cuidado —replico—. Estoy ofreciendo una pausa. Camino un poco más dentro de la oficina. No invado, pero reduzco el espacio entre nosotros. Ella no retrocede, pero su cuerpo se tensa como si lo evaluara. —Hay un bar a unas cuadras —digo—. Nada formal. Nada largo. Solo algo para despejar la cabeza antes de que este día termine de hacerte daño. —No suelo aceptar invitaciones así. —Lo sé —respondo—. Por eso no la llamé invitación. Me sostiene la mirada unos segundos. Veo el conflicto cruzarle el rostro: la parte que quiere decir que no, la parte que está demasiado cansada para seguir sosteniendo todo sola. —Una copa —dice finalmente—. Nada más. —Una copa —repito. Salimos juntos del edificio. La noche es tibia, envolvente. El bar es discreto, de luces bajas, madera oscura y música que no interfiere. Nos sentamos en una mesa lateral, lejos del centro. Pido sin preguntar. Ella no me corrige. Dasha toma la copa con las dos manos, como si necesitara anclarse a algo sólido. Da un primer sorbo lento. Sus hombros se relajan apenas. —No tienes que decirme qué pasó —digo—. Pero tampoco tienes que fingir que no pasó nada. —Fingir es una habilidad útil —responde—. Especialmente cuando no quieres dar explicaciones. —¿Y cuando te las debes a ti misma? Levanta la vista. Hay cansancio ahí. Y algo más profundo. —No vine aquí para hablar de eso. —Lo sé —digo—. Viniste para respirar. Inclino apenas el cuerpo hacia adelante. No la toco. No hace falta. Bajo la voz. —A veces basta con que alguien se quede —añado—. Sin preguntas. Sin exigencias. —No eres ese tipo de hombre —dice, con una frialdad que no termina de convencer. Sonrío, lento. —No —admito—. Pero esta noche puedo fingirlo bastante bien. Hay un silencio tenso. Dasha bebe otro sorbo. Me observa por encima del borde de la copa, como si intentara decidir hasta dónde dejarme llegar. —Siempre hablas como si todo fuera un movimiento calculado —dice—. Incluso cuando intentas ser… cercano. —Porque lo es —respondo—. Incluso ahora. —¿Y qué estás calculando conmigo? La pregunta queda suspendida entre nosotros. —Hasta dónde te dejas ver —digo—. Y hasta dónde te escondes. Sus dedos se tensan alrededor de la copa. —No todo lo que se esconde quiere ser encontrado. —A veces —replico—. Solo espera que alguien sepa mirar. Se reclina en la silla, cruzando los brazos. La distancia vuelve a instalarse. —No te equivoques —dice—. No estoy aquí porque confíe en ti. —Lo sé —respondo—. Estás aquí porque estás cansada. Y porque, por una hora, no quieres sostenerlo todo sola. No lo niega. La conversación continúa, densa, medida. Cada frase que digo empuja un poco. Cada respuesta suya vuelve a marcar el límite. No hay promesas. No hay confesiones. Solo una tensión constante, una cercanía que no termina de concretarse. Cuando se levanta para irse, sé que no crucé la línea. Pero tampoco me quedé afuera. —Gracias por la copa —dice. —Cuando quieras —respondo. Me mira un segundo más. Hay algo distinto ahora. No apertura. Pero sí una g****a. Y mientras la veo alejarse por la calle iluminada, lo tengo claro: No la acerqué a mí esta noche. Pero logré que bajara la guardia lo suficiente como para quedarse. Y para alguien como Dasha Steiger, eso ya es un paso peligroso.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR