LA DECISIÓN

1068 Palabras
Al día siguiente La decisión se toma temprano. No porque el negocio lo exija con urgencia, sino porque no veo razón para postergarla. Las resoluciones importantes no se maduran cuando ya están claras; se ejecutan. Y esta lo está desde el momento en que Nikolai Steiger cruzó la puerta de mi oficina el día anterior. Marco su número desde el despacho, de pie frente al ventanal. Abajo, la ciudad se despliega con la precisión habitual: tráfico ordenado, edificios alineados, agendas en marcha. Un tablero que conozco bien, donde cada movimiento responde a una lógica que domino. —Matías —responde Nikolai—. ¿Alguna novedad? —Sí —digo—. Acepto la propuesta. Del otro lado de la línea hay un silencio breve, seguido de una exhalación contenida que no intenta ocultar alivio. —Me alegra escucharlo. —Dasha puede empezar cuando quiera —continúo—. Mañana mismo, si le resulta conveniente. —Mañana está bien —responde—. Te lo agradezco. —Habrá una oficina preparada para ella —agrego—. En el piso ejecutivo. Nikolai tarda apenas un segundo en responder. —¿Tan cerca? —Facilita la coordinación —contesto—. Y el control de la información. No miento. Solo elijo qué parte decir. —Entonces le avisaré —dice—. Gracias, Matías. Corto la llamada y dejo el teléfono sobre el escritorio. La decisión ya está en marcha. No hay nada más que discutir. Pulso el intercomunicador. —Anna —digo—. Prepara una oficina en este piso. Frente al ala financiera. Quiero que esté lista hoy. —¿Para…? —pregunta, con la cautela que siempre maneja. —Dasha Steiger —respondo—. Empieza mañana. Hay una pausa mínima al otro lado de la línea. —Entendido. Cuelgo. La imagino cruzando este piso. No desde la anticipación ni la ansiedad, sino desde la estrategia. Tenerla cerca es práctico. Aquí arriba ocurre todo lo importante: las decisiones que no se anuncian, los silencios que pesan más que los contratos, las miradas que establecen jerarquías sin necesidad de palabras. Aquí las reglas son mías. No pienso en la logística. Eso se resuelve solo. Pienso en proximidad. En tiempos acortados. En tener a Dasha dentro de un espacio que controlo, aunque todavía nadie más lo sepa. El resto de la mañana avanza con normalidad quirúrgica. Reuniones, reportes, firmas. Todo fluye como debe. Hasta que Anna vuelve a aparecer en la puerta. —Olivier está aquí —dice—. Preguntó si podías verlo. Levanto la vista. —Hazlo pasar. Olivier entra sin prisa, como siempre. No vive conmigo —no lo hace desde hace años—, pero conoce este edificio casi tan bien como yo. Viste sencillo, elegante sin esfuerzo, con esa calma que nunca intentó imponer, pero que siempre termina ocupando espacio. —Buenos días —dice. —Buenos días. Se sienta frente a mí sin esperar invitación. No es falta de respeto. Es confianza construida con el tiempo, con silencios compartidos, con noches en las que no hizo preguntas y aun así se quedó. —No pensaba pasar hoy —comenta—, pero anoche recibí una llamada. Levanto la vista apenas. —¿Una llamada? —Sí —dice—. De alguien de tu entorno. Del círculo que suele ver antes de que las cosas se compliquen. Cruzo los dedos sobre el escritorio. —Te vio en el bar —continúa—. No estaba preocupado por el lugar… sino por la compañía. No respondo. —Dasha Steiger —dice, sin rodeos. El nombre cae entre nosotros con precisión quirúrgica. —No fue un comentario liviano —agrega—. Fue una advertencia. —¿Advertencia de qué? —pregunto. —De patrones —responde—. De decisiones que empiezan siendo personales y terminan teniendo consecuencias que no siempre controlas. Me recuesto apenas en la silla. —Fue una reunión informal —digo—. Nada más. —No me llamaron por eso —replica—. Me llamaron porque no es cualquier mujer. Hace una pausa, medida. —Está comprometida. —Lo sé —respondo. —¿Y sabes con quién? —pregunta. Lo miro con atención. —Su prometido no es un hombre cualquiera, Matías —continúa—. No es alguien a quien se le pase por alto un desliz, ni alguien que se limite a incomodarse. Es poder real. Del tipo que no necesita exponerse para hacerse sentir. No respondo de inmediato. —No estoy buscando problemas —digo al fin. —Eso es lo que me preocupa —dice—. Que no los busques… pero los atraigas. Se inclina hacia adelante. —Cuando algo no te obedece, no sueles retirarte. Sueles avanzar. —Eso me ha mantenido vivo —respondo. Olivier niega despacio. —Eso te mantuvo en pie cuando eras un chico —corrige—. No es lo mismo que vivir. El silencio se instala entre nosotros. No es incómodo. Es conocido. —No vine a decirte qué hacer —continúa—. Nunca lo hice. Vine porque sé cuánto sufriste, porque sé que esta forma de ser no nació del ego, sino de la necesidad de sobrevivir… y porque a veces no ves cuándo estás cruzando una línea hasta que ya estás del otro lado. —Tengo todo bajo control —digo. —Eso dices siempre —responde—. Y aun así, cada vez que alguien te llama la atención de verdad, el control deja de ser suficiente. Se pone de pie. —Solo quería que lo supieras —agrega—. No todos los riesgos vienen disfrazados de amenaza. Algunos llegan envueltos en atracción. Camina hacia la puerta y se detiene antes de salir. —Cuídate, Matías —dice—. No porque no sepas lo que haces… sino porque sabes demasiado bien cómo destruirte. Sale. La puerta se cierra con suavidad. Me quedo solo otra vez en la oficina, rodeado de cristal, acero y silencio. Todo sigue en su lugar. Todo responde. Y, aun así, algo se mueve por debajo. Miro el escritorio. La agenda. Los informes. Y pienso, sin quererlo, en una decisión que ya tomé… y que nadie más conoce todavía. En una mujer comprometida. En un hombre poderoso que no tolera interferencias. Y en lo cerca que Dasha Steiger está a punto de estar. Demasiado cerca.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR