—Bienvenida, —dice Eric, con una media sonrisa, como si leyera mis pensamientos—. Te prometo que las hamburguesas de aquí valen la pena. —Confío en tu criterio —respondo, tratando de sonar relajada. Pero no pasa mucho antes de que la tranquilidad empieza a desmoronarse. Apenas han pasado diez minutos cuando se acerca el primer hombre pidiéndole una foto. Eric accede con amabilidad. Otros más piden un autógrafo. Luego una pareja quiere un video corto con un saludo. En cuestión de minutos, la mesa se convierte en una especie de estación de fans. Yo los observo, al principio con paciencia, luego con una incomodidad creciente. No me molesta que lo reconozcan, entiendo que es parte de su mundo, pero algo en la forma en que cambia su expresión me descoloca. Su sonrisa se vuelve diferente. Más

