Eric se ríe, un sonido cálido y bajo. —Lo siento por eso —dice, alzando las manos en señal de rendición. —Ya pasó —le contestó con un gesto de la mano. —Aprovechemos la comida. Luego tengo que volver al trabajo y tú, seguro, al campo de entrenamiento. Él asiente y abre la puerta del copiloto para mí. —Después de ti —espeta, y justo cuando estoy por subir, añade con un tono más bajo—: No te vas a arrepentir de aceptar. Por un instante, nuestros ojos se cruzan. Hay algo ahí, una promesa silenciosa que me deja sin palabras. —Espero que no —respondo, sonriendo apenas, antes de entrar a la camioneta. El interior huele a cuero y a un leve toque de su perfume, uno de esos aromas que se quedan grabados en la memoria. Cierro la puerta y, mientras él da la vuelta para subirse, me quedo mirand

