—Solo estaba haciendo mi trabajo. Corey puede escuchar otras ofertas, ¿no crees? No eres su dueña. —Niega con gesto divertido—. Arizona, si se juega con grandes, uno tiene que serlo. Y Corey… Corey puede obtener más beneficios en mi agencia. —Su respuesta es medida, con la calma calculada de quien ya tiene las cartas que cree necesarias para intimidar. Cierro mi portátil con un golpe seco que resuena en las gradas y lo dejo junto a mi bolso Hermès. Me paro frente a él, y aunque mis tacones me dan una ventaja, mi cabeza apenas roza su barbilla. Pero la diferencia de altura no me intimida. Nunca lo ha hecho. —Sabías perfectamente que es mi cliente. —Mi voz es baja y cortante como un cuchillo sobre mantequilla y la ironía destila en cada sílaba con ese filo que aprendí a usar como defensa.

