El aire de Sicilia tiene un peso distinto. Huele a tierra antigua, a mar lejano y a ese aroma dulce y persistente de los cítricos que parece impregnar cada poro de mi piel. Aquí, en la villa de mis nonnos, el tiempo no corre; se desliza como el aceite de oliva recién prensado. Siento la potencia de Sahara debajo de mí. La yegua blanca, un regalo de mi nonno hace tres años, es una extensión de mi propio cuerpo. Galopamos por los senderos que bordean los olivos, y por primera vez en semanas, el dolor en mi cuello y el latido en mi cabeza han desaparecido por completo, reemplazados por una descarga de adrenalina pura. La brisa golpeando mi rostro es el recordatorio de que estoy viva, de que mis pulmones aún funcionan y que mi cuerpo, a pesar de los moretones y el susto, sigue siendo mío. De

