El miércoles en cuestión fue bastante atípico. Más allá de que habíamos terminado, Andrés estaba raro y, a cada rato, venía a mi mente la idea de que seguramente lo sabía todo. Claro que la única manera de que eso fuera posible, era que Pablo le hubiese contado que nos íbamos a ver, pues yo hasta el momento no le había hablado de ese tema a nadie… por un lado porque no quería que Andrés se enterara y por el otro, porque no me interesaban en lo absoluto las valoraciones que cada uno podía hacer sobre lo que estaba sucediendo en mi cabeza. Y que Andrés estaba raro lo notaba en la manera en la que me miraba, en la forma en la que me entregó la comida al medio día cuando la trajo a mi oficina luego de que le dijera que no saldría a comer fuera para irme antes a casa, y cosas por el estilo.

