Al día siguiente Marta me llamó, pero no la atendí. Solamente le envié un mensaje de texto para que se encargara de suspender todas mis reuniones y de avisar que trabajaría remoto. No quería verle la cara a nadie. Absolutamente a nadie. Esa tarde, cuando ya no me quedaban más lágrimas en el cuerpo, mi móvil sonó y pude ver que era el número del que me habían estado llegando los mensajes los días anteriores y que Pablo me había confirmado que era suyo. No contesté, pero luego de tres intentos, sí lo hice, aunque de muy mala gana. Sara - ¿Se puede saber qué es lo que quieres? Pablo - ¡No me hables así, preciosa! Por favor… me rompes el corazón (por suerte no estaba viendo mis gestos) Sara - ¿No te quedó claro que no quiero hablar contigo? (iba a hablar pero recordé algo y lo interr

