Hacía ya seis meses que convivía con Andrés en la casa que yo misma diseñé y que mi jefe construyó para mi como pago por mi excelente trabajo durante los primeros años como CEO de la compañía. Habíamos hecho una gran fiesta para celebrar que viviríamos juntos. Marta se había encargado de todo y esa noche había, por lo menos, cien personas bailando, conversando y bebiendo por todos lados. Incluso se había tomado la deferencia de invitar a mucha gente de la empresa, y también a clientes y proveedores que estaban maravillados escuchando mis explicaciones acerca de todo lo referente al diseño de mi casa. Andrés me miraba y me escuchaba atentamente manteniéndose unos pasos más atrás. Parecía disfrutar de verme mostrar “mi obra”, esa obra que hasta entonces había estado oculta pero que ahora,

