—No deberías preocuparte, Franco. No es nada en tu contra. Yo estoy agradecido contigo, has mantenido el imperio familiar de pie. —Su tono es amable, pero puedo ver que está intentando ver detrás de la fachada de su hermano. —Es solo un procedimiento de rutina. Necesito ponerme al día con lo que ha pasado en cada departamento con lujo de detalles. Eso es todo. Eso no es todo. Y todos lo sabemos. Incluido Franco. Pero ninguno de los dos dice lo que realmente piensa. Franco aprieta los labios. Se balancea ligeramente sobre los talones, incómodo. —Entiendo —dice al final, con una voz contenida—. Está bien. Y entonces se da la vuelta. No sin antes lanzar una última mirada fugaz. Casi un desafío. Pero no lo sostiene. No tiene con qué. Se va sin cerrar la puerta, dejándola entreabierta como u

